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Krishnamurti y los Maestros
3. El Jubileo había levantado una enorme expectativa, incluso corría el rumor de que hasta los Maestros en persona iban a manifestarse físicamente. Cuando nada de esto ocurre el desencanto es mayúsculo. Pero el 28 de diciembre, con ocasión de la reunión de la Orden de la Estrella, Krishnamurti toma la palabra para hablar sobre la venida del Instructor del Mundo. En un determinado momento cambia la tercera persona del singular por la primera, y señala expresamente que él venia al mundo para los que querían ser liberados y encontrar la felicidad. Este dramático cambio en la expresión supuso tanto para K. como para Besant y todos los teósofos, la confirmación de que Maitreya hablaba a través de Krishnamurti. El mismo Krishnamurti no tiene dudas de ello y desea que Él mismo vuelva pronto, y se refiere a si mismo como un vaso de cristal depurado. [3] (Pág. 80-81) 4. En estos momentos Krishnamurti empieza a ser consciente de lo que suponen las proyecciones de la mente y la realidad de lo vivido, y de esta manera, aun admitiendo la existencia de los Maestros y de la Jerarquía Oculta, también se da cuenta del factor subjetivo-imaginativo de alguna de esas visiones. Así, en el Campamento de la Estrella en Ommen que tuvo lugar en 1927, Krishnamurti manifiesta que de pequeño veía al señor Krishna (del que su madre era devota), en la ST con Leadbeater, al Maestro K. H. y Maitreya, y en los últimos años al Buda. Un poco antes, en marzo de 1926, escribe a Leadbeater antes de salir hacia Ootacamund (India) para recuperarse de una intoxicación alimentaria, quejándose de las bufonadas de las Iniciaciones que Arundale y sus amigos, entre los que se encontraba Wedgwood, estaban otorgándose. Se lamenta de la burla a que se sometería todo este tema oculto de iniciaciones cuando sin embargo él creía totalmente en ellas considerándolas algo sagrado. La división con el grupo de Arundale se acentúa por momentos y en el Campamento de la Estrella, después de una hermosa charla de K., Wedgwood insinúa a la doctora Besant que Krishnamurti está hablando poseído por un mago “negro”. [3] (Pág. 81-82) 5. Después del incidente del "mago negro", que podía haber supuesto la ruptura con Annie Besant, decide acompañarle a Ojai durante varios meses. Esta convivencia la convence de que la conciencia del Maestro y la de Krishnamurti se están uniendo. Hasta entonces, la creencia entre los teósofos era que K. iba a ser un mero vehículo de Maitreya, pero éste, en una carta a Leadbeater el 9 de febrero de 1926, señala que su conciencia y la del Maestro se están fundiendo. Tenemos otra vez confirmada su creencia en la existencia de los Maestros, sin embargo le da un tinte muy impersonal. Cuando comenta con madame Lutyens que también la había acompañado a Ojai para que abandone su aptitud posesiva, la exhorta simplemente para que vea que se aman sin otro aditamento de la personalidad, quejándose de que los que le rodean consideran que tienen algún predicamento especial sobre él. Este desprendimiento e impersonalidad será una tónica que ha de resaltar con el tiempo y que ha de confundir también a muchos de sus seguidores y amigos. [3] (Pág. 83) 7. La relación con Emily Lutyens continuaba y en una carta de agosto de 1934, despeja sus dudas sobre su condición afirmando textualmente que nunca había negado ser el Instructor del Mundo. A sus antiguos amigos les costaba comprender que para el desarrollo espiritual no es necesaria la fe en Maestros y rituales, sino que dicha “creencia” suponía un obstáculo para la comprensión de lo trascendente. Krishnamurti atacaba la “creencia” en los Maestros, no su existencia. [3] (Pág. 89) 8. Cuando se le preguntaba si él era Maitreya, contestaba ambigüedades, pero nunca lo llegó a negar, incluso en el año 1975, cuando Mary Lutyens comentaba con krishnamurti sobre el primer tomo de la biografía que había escrito. Le preguntó por qué, si los Maestros existen y habían hablado cuando él pertenecía a la ST, no lo hacían ahora. Krishnamurti le dijo que al estar el Señor (Maitreya) presente no era necesario. [3] (Pág. 97) 9. En una de las conversaciones que sostuvo con el físico David Bohm el 15 de abril en 1980 en Ojai y que vienen recogidas en el libro Más allá del tiempo, se investiga el origen del amor y el odio en el hombre, y K. Señala: “En el principio había personas, o media docena de personas que jamás respondían al odio, porque tenían amor y esa personas, una o dos, habían implantado esta cosa en la mente humana también”. La conclusión que puede obtenerse de esta selección es que antes de la aparición de los seres humanos, como los conocemos en la actualidad, existían “media docena de personas” llenas de bondad que implantaron la semilla del amor en la humanidad infantil. La interpretación del relato coincide con las historias teosóficas contenidas en la Doctrina Secreta escrita por H.P. Blavatsky, que explicitan la creación de la humanidad por seres superiores, a partir de prototipos simiescos y resuena con la idea teosófica de la existencia de una avanzadilla de la humanidad que la cuida y protege física y espiritualmente. [3] (Pág. 98-99) 10. Krishnamurti no quería que se supiera de su capacidad de curar, pero en privado lo hacía algunas veces. A Vimala Takar, conocida escritora espiritual, logró sanarla de la sordera de un oído; al igual que a muchos otros a los que sanó enfermedades psíquicas, como a su amigo Shankar Rao. También Salvador Sendra, en su libro Impacto de Krishnamurti, relata que vio un caso de sanación de una persona invidente. Prefería que no se conociera, pues en sus primeros años Krishnamurti señalaba que a él le interesaban los espíritus más que los cuerpos, y pensaba que, si se extendía su fama de curador, las gentes no prestarían atención a su mensaje. [3] (Pág. 105-106) 11. Una amiga suya, Vanda Scaravelli, tuvo la oportunidad de presenciar y vivenciar los estados profundamente místicos de K. Esta señora, esposa del marqués de Scaravelli, poseía una hermosa casa en Italia que era utilizada frecuentemente por K. para descansar. Ella nos describe cómo observó en K. una especie de desfallecimiento y su transformación espiritual, que incluso se reflejaba físicamente, haciendo sus ojos más profundos, más grandes, sintiendo a la vez una presencia poderosa. [3] (Pág. 108) 12. Con Mary Lutyens, su biógrafa, estuvo manteniendo durante sus últimos años varias conversaciones tendentes a descubrir el origen de su enseñanza. Él siempre decía que había que comenzar con el tema de la mente vacía. Mary daba por hecho, y así lo reconocía krishnamurti, que la enseñanza no podía provenir de Krishnamurti, reafirmando él que si intentaba escribir algo sobre la enseñanza nada ocurría, pero una vez que subía al estrado o escribía sobre ello se iba configurando: era como “una revelación”. [3] (Pág. 125) 13. A comienzos de 1985, K. tuvo una curiosa conversación con Mary Lutyens con
respecto a lo que había estado hablando con su amigo el pandit indio, Jagannath
Upadhyaya, que creía, después de haber consultado varios manuscritos antiguos,
que K. era el vehículo humano del Maitreya de nuestra época. 14. En una de las conversaciones que K. sostuvo con Mary en Brockwood, la informó que “aquello” permanecía con él casi todo el tiempo, y que debía cuidar mucho su cuerpo, ya que pensaba que iba a seguir viviendo durante otros 10 años más. Evidentemente se equivocaba, pues moriría al año siguiente. Le informó que “aquello” ahora le acompañaba casi siempre. Sabemos incluso que otras personas llegaron a sentir “aquello”. Para Krishnamurti era algo tangible, pues indicaba incluso que siempre se le acercaba por la izquierda. Esto nos reafirma en la hipótesis de que “aquello” era algo exterior a él mismo. [3] (Pág. 128) 15. Murió en su querida Ojai el 16 de febrero de 1986, su cuerpo fue incinerado y sus cenizas navegaron por el cercano Pacífico, por el bosque de Brockwood que tanto amaba y sobre la playa donde fue descubierto. Unos días antes nos dejó una tremenda declaración: “Por setenta años esa súper energía..., no, esa inmensa energía, inmensa inteligencia, ha estado usando este cuerpo”, y continuó: “Y ahora el cuerpo ya no puede soportar más...” Señaló que nadie consiguió saber lo que pasó realmente por él. Sin embargo, nos dijo que si viviéramos las enseñanzas quizá pudiésemos entrar en contacto con “eso”. Y él se fue. [3] (Pág. 132-133) 16. Una tarde vino con nosotros en el coche Gordon Pearce. Conocía a Krishnaji desde su infancia, desde que fue descubierto pasando a vivir en la sede de la Sociedad Teosófica en Adyar. Mientras salíamos de la ciudad, Pearce estaba sentado en el asiento al lado del conductor y charlaban sobre aquellos tiempos. Luego, girándose hacia atrás para enfrentarse a Krishnamurti que iba en el asiento trasero, le preguntó: ―En aquella época con C.W. Leadbeater ¿viste realmente al maestro K.H.? ¿Hablaste alguna vez con Kuthumi (Koot Hoomi)?. Grande fue mi sorpresa al escuchar a Krishnamurti responder: ― Sí. No menos sorprendido estaba Gordon Pearce, pues ambos habíamos oído a Krishnamurti descalificar a los maestros y a los gurús. Sin embargo ahora, ante un viejo amigo de su confianza, admitía que había visto al Maestro Kuthumi, un ser sin cuerpo físico. ― ¿Realmente hablaste con él? –Preguntó Gordon. ― Sí, –contestó Krishnaji– varias veces, durante la meditación matutina. Krishnamurti siguió diciendo que bajo la dirección de Leadbeater se levantaba a las cuatro de la mañana del modo tradicional y meditaba, y que algunas veces Kuthumi estaba presente y que en otras ocasiones conversaban. ― Luego, una mañana, justo después de la salida del sol, estando sentado en la postura del loto mirando hacia el este, Kuthumi apareció en el umbral. Hasta entonces me había conformado con hablar con él pero ese día quería algo más que charlar. Quería no solo sentir su presencia y oír su voz, sino realmente tocarlo, establecer con él un contacto físico. Hasta entonces había sido una voz, una presencia de pie en la puerta. La luz del sol entraba en la habitación y Kuthumi estaba en pie, de espaldas al sol. Me levanté, caminé hacia él y pasé a través de él. Luego me volví y no vi a nadie. Había desaparecido. Ya no estaba allí. Nunca más lo volví a ver. [4] (Pág. 128) --------------------
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Maitreya
- el Instructor del Mundo |