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Crecer con Swami Premananda Entrevista a Bala Muruga, por Jacques van de Berg “Mi misión es mi vida. No hay nada más que me interese en esta vida. Sólo quiero guiar y elevar a la humanidad y mostrarle el amor de Dios a tantas personas como pueda. No tengo ni deseos ni objetivos personales. Llevo a cabo la voluntad del Divino en todo momento. La razón de mi nacimiento en este mundo para llevar a cabo esta misión se debe a mi compasión y mi tremendo amor hacia la humanidad”. (Swami Premananda). Bala Muruga, adoptado de niño por Swami Premananda, es ahora un adulto joven que vive en Holanda. Fue entrevistado para Share International por Jacques van de Berg.
Swami Premananda es un Avatar que vive al sur de la India. (En las escrituras hindúes, ‘Avatar’ significa el descenso de la Divinidad en la carne.) Su vida es su enseñanza − quienes le conocen se quedan profundamente impresionados por su servicio constante y altruista hacia la humanidad. Siempre le preocupan los demás y trata de ayudarles, tanto si son niños, políticos, científicos o personas analfabetas. Aborda a todo el mundo de la misma forma y todos experimentan su compasión y su sincera atención cuando éstos le cuentan sus problemas. Su ashram (centro espiritual), cerca de Trichy, al sur de la India, es el hogar de unos 500 niños que rezuman felicidad y que antes de llegar al ashram vivían en la más absoluta miseria. A menudo se trata de niños cuyos padres eran demasiado pobres para poder alimentarlos. La mayoría no podía ir a la escuela porque debían trabajar a veces hasta doce horas al día para ganar la ridícula suma de cinco rupias de media (entre tres y cuatro dólares) al mes. En el ashram los niños tienen: tres comidas al día, ropa, servicios médicos, escolarización e instalaciones deportivas, así como oportunidades para desarrollarse creativa y espiritualmente. En noviembre de 1994 Swami Premananda fue arrestado bajo una serie de acusaciones falsas pensadas para desacreditarle. Su juicio estuvo amañado: presionaron a unas jóvenes, incluso recibieron abusos físicos, para que testificaran en contra de él; se falsificaron muestras de ADN; y los testigos y los testimonios que apoyaban su inocencia fueron ignorados por el tribunal. Se le declaró culpable y lo encarcelaron, y aún sigue en prisión. Su servicio, no obstante, sigue inalterable; contesta las cartas de miles de personas que le escriben pidiendo ayuda y consejo, y continúa guiando el ashram desde la celda de su prisión. También da apoyo a sus compañeros de cárcel, muchos de los cuales acuden a él para que les aconseje y ayude. A pesar de las limitaciones de la vida en prisión, siempre irradia amor, alegría, y sigue siendo bien conocido por su amplia sonrisa. Recuerdos de Bala Murugan Bala Murugan nació en Sri Lanka en el seno de una familia pobre. Cuando su padre murió, su madre no tenía los medios suficientes para sustentar a la familia, de modo que su hijo y sus dos hijas fueron llevadas al ashram perteneciente a un saddhu (un hombre santo). Bala tenía por aquél entonces cuatro años. (Ahora probablemente tiene 26, aunque desconoce su fecha de nacimiento.)
Un día, el joven Premananda (cuando tenía unos veinte años) visitó el ashram y el saddhu le pidió que se ocupara de cuidar a algunos de los niños. Al preguntarle cuándo sería eso, el saddhu le contestó que cuándo muriera iría al salón puja de Swami Premananda en forma de perro, y que ladraría como señal. Cuando el suceso predicho tuvo lugar, Swami reconoció la señal y adoptó a Bala Murugan, a sus dos hermanas y a otros tres niños. Premananda se ocupó de 40 niños en su ashram de Matale, en Sr¡ Lanka, mientras también trabajaba duro en su plantación de té. Jugaba con los niños cada día y si uno de los pequeños estaba triste lo consolaba y le daba caramelos y chocolatinas: un día Bala vio cómo el Swami cogía una barrita de chocolate materializada en el aire, sólo para reconfortar a un amigo triste. Swami era un padre y una madre para los niños, y su atención amorosa alivió a Bala cuando lloraba la pérdida de su propia madre. Las tensiones étnicas en el norte de Sri Lanka −la región de donde era originaria la madre de Bala hicieron imposible todo contacto con ella y jamás la volvió a ver. Muchos de los niños vivían en unas circunstancias horrorosas antes de ser adoptados. Swami encontró a un niño llorando y sangrando en una carretera, con una herida de hacha en la cabeza y una mejilla quemada: las heridas se las causó el propio padre porque le había pedido un poco de comida. El niño no había comido desde hacía días desde la desaparición de su madre. Swami se ocupó de él −ahora es uno de los mejores amigos de Bala. Bala Murugan cree que es un milagro que este Swami siempre esté en el lugar correcto y en el momento oportuno para rescatar a algún niño desdichado o necesitado a quien parece que se encuentra por casualidad. Recuerda el día en que la violencia étnica llegó también a Matale. Los niños tuvieron que huir a la selva; algunos estaban aún en el edificio del ashram cuando empezaron a llover cócteles Molotov. La valentía de algunos de los residentes mayores salvó a los demás y sólo un niño salió herido. Todo el ashram quedó reducido a cenizas. Los niños fueron trasladados al templo Mariammam en Matale. Pero también allí fueron perseguidos. Posteriormente, mientras vivían en una casa en la selva, recibieron la noticia de que el templo había sido profanado. El sacerdote del templo que logró escapar contó haber visto cómo la estatua de Mariammam, la Madre Divina, lloraba lágrimas de sangre de un ojo. Al cabo de un tiempo los niños fueron a otro de los ashrams del Swami, esta vez en Puliyankulam, y permanecieron en él durante tres años. Bala asegura que siempre veía al Swami trabajar: plantando arroz bajo el sol abrasador o la intensa lluvia; limpiando, instalando un tanque séptico; nada era mucho ni estaba demasiado sucio para él. Si nadie quería hacer una tarea sucia o muy pesada, Swami la hacía. De este modo siempre era un ejemplo para sus jóvenes a cargo y sus alumnos. Milagros Bala hace un salto en el tiempo hasta un suceso memorable y toda una experiencia con Swami Premananda −“La gran noche de Shiva”. Durante este festival sagrado anual, los hindúes ayunan y rezan toda la noche. Y en estos últimos 35 años Swami Premananda ha producido lingams en esta noche sagrada. Otro gran Avatar, Sri Sathya Sai Baba, es también muy conocido por este fenómeno.
Los lingams son objetos sagrados y muy venerados, símbolos de Shiva. Los lingams en forma de huevo, que están hechos de piedra o de metal, se ‘gestan’ dentro del cuerpo del avatar, ascienden por el cuello y ‛nacen’ en la boca. Parece ser que es un proceso agotador y doloroso y al Swami deben ayudarlo unos colaboradores para que éste no se desplome. La sangre y un líquido rojo conocido como kum kum acompañan al nacimiento. Shiva representa lo “no manifestado”. El número de lingams producidos por el Swami en una noche es extraordinario: en el año 2000, por ejemplo, produjo exactamente 54 lingams. Bala recuerda que después de esa noche tan exhausta físicamente, cuando todo el mundo estaba listo para irse a dormir, Swami empezó a ordenarlo todo, a limpiar y a cocinar para los cientos de personas allí presentes. A Bala Murugan le gusta hablar de los diversos milagros que ha realizado Swami. Un día, le vino una mujer que quería un mala (una cadena de cuentas de oración, como una especie de rosario). Swami, que estaba ocupado jugando con un grupo de niños, le indicó a la mujer que entrara en una habitación y que, con flores en las manos, se concentrara en la clase de mala que quería. Al cabo de un rato, aunque seguía jugando, Swami llamó a la mujer: “¿Llegó el mala?” “Sí, Swami, ¡pero no el que yo quería!” fue la respuesta. “Piensa de nuevo”, le dijo, momento en el cual el mala que había visualizado exactamente se le apareció en las manos. Bala también habló de sus recuerdos durante el festival Navarati, unas celebraciones que duran diez días en honor a la Madre Divina. Swami pidió a unas 200 personas que se colocaran en fila, cada una con una flor en la mano, y que pensaran en su deidad favorita. Inmediatamente aparecía una estatuilla de su deidad elegida, materializada en sus manos. Algunas personas recibieron una estatuilla de Shiva, otras de Krishna o la Madre Divina, o de Ganesha. En 1998 tuvo lugar un incidente extraordinario en relación con la ceremonia hindú de oraciones matinales y abishekam, cuando se lava ritualmente a una estatua de Ganesha y se le brindan ofrendas. Se le pidió al Swami que materializara una estatua de Ganesha. Él pidió que se colocara un gran ramo de flores sobre una tarima normalmente reservada para los ritos sagrados. Preguntó a los presente si querían una figura de Ganesha sentada, inclinada o de cuando era bebé. El público no pudo ponerse de acuerdo, y Swami sugirió una figura de Ganesha sentada en posición de Loto; todos accedieron a ello, y se dijo a los invitados de honor que se colocaran lo más cerca posible alrededor de las flores, y que comprobaran de vez en cuando que no había ningún tipo de truco o apaño. Los allí reunidos recitaron el mantram de Ganesha y Swami se retiró a la sala de entrevistas que también utilizaba para sus meditaciones profundas. Al cabo de media hora el ramo de flores empezó a moverse y a emitir calor. Swami Premananda apareció de nuevo en un estado de profunda meditación: tenía dificultades para andar, estaba temblando y sus ojos parecían ‘distintos’. Introdujo su mano en la pila de flores y con un ademán, sacó la estatua de Ganesha. Algunas personas dijeron que no había ningún tipo de arco en la estatua −un elemento tradicional− y, instantáneamente, Swami produjo uno en el aire. Un grupo de científicos británicos visitaron el ashram buscando pruebas irrefutables de la autenticidad de los milagros de Premananda. Le pidieron que se lavara las manos. Después, una de las manos fue cubierta con una bolsa de plástico que se cerró y ató a su antebrazo. Luego le pidieron al Swami que materializara ‘vibuthi’ (ceniza sagrada). La bolsa de plástico vacía se llenó pronto de la sustancia blanca perfumada y los científicos le aseguraron con mucho entusiasmo que convencerían al mundo de sus poderes milagrosos. No obstante, Swami Premananda les pidió que no contaran a los demás lo que habían visto, puesto que no quería que enormes grupos de personas vinieran a su ashram, según explicó Bala. Viaje a la India
Cada día, los niños y devotos acompañaban a Swami a la parcela de tierra donde trabajaban duro bajo un sol abrasador; pero Bala asegura que disfrutaba con el trabajo porque era un gran placer estar con Swami, ya que siempre estaba contento y cuidaba bien de los niños. Les solía preguntar qué les apetecía tomar y luego se iba a buscar helados, limonada o caramelos. Trabajaba incansablemente sin parar todo el día con el calor, a veces sin detenerse para comer. Swami siguió fielmente la arquitectura tradicional de los edificios de los ashrams de la India, y acostumbraba a hablar de estas cuestiones con los constructores. Sus atenciones y cuidados iban más allá de su ashram y los niños −siempre estaba dispuesto a ayudar a los vecinos del pueblo. Les ayudaba en la construcción de los templos, procuraba que se abriera una carretera, se encargaba de pedir un servicio de autobuses y otras cuestiones parecidas. La gente del pueblo, naturalmente, querían a Swami, ya que les ayudaba mucho. Podían llevar a sus hijos a la escuela del ashram o simplemente llevarlos para que los cuidaran de día; podían emplear el salón puja (salón de ceremonias) para bodas y celebraciones parecidas si no podían pagarse otros lugares. Swami también se aseguraba que hubiera medicinas y recursos médicos gratis. Al mismo tiempo, los enfermos y los deprimidos por los problemas de la vida siempre podían acudir a él para pedirle consejo y ayuda. Durante los fines de semana, Swami Premananda celebraba ‘entrevistas de trance’ cuando entraba en un estado de profunda meditación, y daba curación y consejos. Nunca recibía dinero por sus servicios −todo lo que pedía era fe. Durante estas sesiones Swami le preguntaba a la gente que pensara en sus problemas o enfermedades y luego decía: “¿Tienes tal o cual enfermedad, verdad?” Luego encomendaba una tarea sencilla. Bala Murugan recuerda a un hombre que se curó de cáncer de piel después de que Swami materializara vibhuti el cual, según le indicó Swami, se aplicó sobre la piel enferma del cuerpo. El hermano de un hombre con SIDA le pidió ayuda al Swami y éste le dijo: “Dile a tu hermano que venga el próximo sábado con dos limas y un coco”. El paciente de SIDA siguió las instrucciones y fue curado. En una ocasión, se secó un manantial del pueblo y los vecinos pidieron la ayuda del Swami porque se les estaba secando la cosecha; él les dio un coco y les recomendó que lo arrojaran a la parcela. En el lugar donde cayera y se abriera por la mitad debían cavar un hoyo, de donde brotaría un manantial. Les aseguró que encontrarían un abundante suministro de agua en ese lugar y, efectivamente, su predicción resultó ser correcta. Ayudar en un Puja A Bala Murugan le gustaba especialmente servir y ayudar al Swami durante el puja −un servicio religioso. Todos los objetos que se necesitaban para la ceremonia debían colocarse de un modo muy preciso sin olvidarse nada. Swami era un poco meticuloso y preciso porque solía celebrar el ritual con los ojos cerrados y en profunda concentración. Y si incluso uno de los objetos pequeños no estaba en la posición correcta eso podía alterar el ritmo y todas las partes subsiguientes de la ceremonia. “La sala de puja es un lugar especial”, dice Bala. “Si tienes un problema y piensas en él en la sala puja el problema se desvanece al instante”. Cuando se le preguntó si todos los niños disfrutaban con el puja, Bala contesta: “No, a menudo no se acostumbran o, en muchos casos, han tenido un pasado difícil. Swami los introduce en cuestiones espirituales gradualmente y poco a poco empiezan a responder.” Las escuelas de los países desarrollados se enfrentan cada vez más a problemas de violencia entre los jóvenes. ¿Experimentó Bala problemas parecidos en las escuelas de Swami Premananda? Su respuesta fue un rotundo no: “Los niños se peleaban a veces, pero luego Swami los llamaba y hablaba del problema con ellos, de modo que pronto volvían a ser amigos”. Bala añade: “Swami enseña a los niños dándoles amor. Swami hace tanto por ellos, les enseña a cómo vivir en el ashram y a cómo amar. A menudo los niños no tienen nada: ni padres, ni familia, ni casa, ni alimentos, ni escuela. En el ashram tienen todo y hay muchas cosas agradables e interesantes de hacer. Los niños pueden elegir entre danzas tradicionales, música, teatro, dibujo y pintura, artes manuales y deportes. Y Swami siempre se asegura que cada niño pueda elegir las actividades que le gustan más”. Al preguntarle sobre si hubo alguna vez algo difícil o desagradable en su vida en el ashram, Bala responde: “No; todo el mundo ama a Swami, todos los niños y todo el pueblo.” ¿Cuál es la importancia de Swami en el mundo? “Él es el ejemplo perfecto de cómo servir a Dios realizándolo en uno mismo y dándole expresión a través del servicio a la humanidad.” ¿Y qué significa Swami para Bala Murugan? “Él es mi padre y mi madre tanto en lo referente a la vida espiritual interna como a la externa en el mundo.” _________________ Jaques van der Berg es colaborador de
Share International y vive en Utrecht, Holanda |
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Maitreya
- el Instructor del Mundo |