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Adam Parsons es el primer periodista extranjero que visita a Swami Premananda desde su encarcelación en la India en 1994. Incluimos dos segmentos de su vívido relato en el cual describe las condiciones en la prisión y el impacto que el Avatar tiene en los que le rodean. Para el artículo completo ver Share International, Julio/Agosto 2006

Swami Premananda: Avatar entre rejas

Por Adam Parsons*


En una remota aldea en el borde del sur de la India, alejada de los mapas de cualquier turista, un alegre hombre santo continúa con su rutina fija. Entre las seis de la mañana y las seis de la tarde, Swami Premananda imparte sus lecciones espirituales diarias a una audiencia de cientos de personas, escribe respuestas personales dando consejo y apoyo a un interminable flujo de cartas, mantiene entrevistas abiertas cada día para las personas pobres a su alrededor, mientras que aconseja constantemente a la dirección sobre una plantación frutícula, un vivero de flores, un orfanato, un colegio, y un ashram a más de 250 Km. de distancia. Podría parecer la vida de un aplicado sabio específico, excepto que Swami Premananda ha languidecido entre rejas más de 11 años, y las personas que buscan su consejo diario son compañeros de la prisión de Cuddalore...

Swami Premananda

La prisión donde Premananda ha vivido desde 1998 está a cinco horas de tren desde el ashram en una polvorienta ciudad llamada Cuddalore, que fue devastada por el tsunami a finales del 2004. Ningún turista tendría una razón para venir aquí, especialmente no al final fangoso de la temporada de lluvias, pero se me había advertido de no dejar entrever el propósito de mi visita considerando la adversa opinión que la mayoría de indios tienen de Premananda. Se añadía a un ligero sentido de estar en una misión furtiva, el Swami nunca se había reunido con un periodista extranjero desde su arresto, así si alguien preguntaba, se me indicó que debía fingir estar en camino de la colonia costera francesa en Pondicherry.

Un pequeño grupo de nosotros nos congregamos en la cercana aldea a primera hora de la mañana antes de agolparnos en un par de taxis estilo Ambassador de la década de 1950. La prisión estaba a dos kilómetros de distancia en un bosque silencioso y lúgubre, rodeada de una explanada inhóspita y un muro elevado vigilado por centinelas con rifles anticuados. Se hizo más surrealista cuando nuestro séquito se reunió alrededor de Premananda, que estaba sentado silenciosamente sobre un taburete en el rincón de una celda vacía y sin ventanas.

Muchas personas que conocen por primera vez a Swamiji, como se le conoce normalmente, resaltan cuán diferente impresión de las nociones habituales del sombrío hombre santo, pero con una barba redonda completa, de dientes blancos siempre sonrientes, y con una tela que le envuelve denominada lungi, él casi se parece al estereotipo de gurú sabio y alegre. Él habla a los extranjeros en un inglés carismático y autodidacta que requiere algo de traducción por parte de aquellos más experimentados en su estilo divertido de entremezclar oraciones y omitir verbos, y resulta difícil no reírse con sus explicaciones animadas.

El oficial de relaciones públicas que tradujo, explicó que Premananda se está quedando ciego por cataratas en los ojos y diabetes no tratadas, y también sufre de presión sanguínea elevada, problemas de oídos y asma crónico. En los veranos monzónicos, me contaron, la lluvia puede llegar a inundar las celdas hasta la rodilla. “Apenas existen instalaciones, ni techo, ni abanico, ni luz, ni cama. ¡Tengo que dormir en el suelo!” explicó Premananda, mirando y riendo entre dientes a través de los barrotes. Él describió estas condiciones con tal alegría y regocijo que era fácil pasar por alto cuán terrible debía ser. En un discurso previo dado en la prisión, él explicó que por la noche hacía “tanto calor que apenas se podía respirar”, forzándole a utilizar un “abanico de mano hecho de cocotero” que “mi mano mueve automáticamente incluso cuando duermo”.

Al preguntarle cómo eran las cosas para los otros prisioneros, el Swami comenzó a describir las abundantes injusticias dentro de las cárceles indias. De los 3.000 reclusos de la prisión de Cuddalore, una enorme proporción eran inocentes, afirmó, ya que era una práctica común de la gente rica cometer un asesinato o un crimen grave y luego sobornar a la policía para que un hombre ‘normal y corriente’ fuese acusado. “¿Pero cómo podemos ayudar a estas personas? La única forma es asignarle un abogado”, dijo. “El gobierno asigna a cada prisionero un abogado gratuitamente, pero no hace nada. Ahora he liberado aproximadamente a 200 personas pagando a un abogado y sobreseyendo el caso. ¡Si alguien me da dinero, ese dinero va directamente a sus abogados! No quiero dinero para mí”.

Otros prisioneros que viven junto a Premananda hablaron de los buenos y silenciosos trabajos que él continuamente realiza dentro de la prisión. El Sr. Parvallal, que pasa horas en la celda de Premananda cada día escribiendo a mano respuestas a las cartas que el Swami dicta incansablemente dada su pérdida de la visión, proporcionó información que incluso no era conocida por los residentes del ashram. Cada mañana alrededor de las ocho, explicó Parvallal, varios cientos de personas se reúnen en el patio, con el permiso especial de los guardias, para escuchar cómo Premananda debate un aspecto del Sanathana Dharma (la filosofía de los antiguos sabios de la India). “He asistido a clases del Swami durante cuatro años, e indudablemente me han cambiado”, afirma. “Cuando escuchamos los satsangs (discursos) del Swami, durante esa hora nos olvidamos de que estamos en prisión”.

El Sr. Kumaran, un joven tranquilo y sincero que ayudó a Premananda con tareas en su celda, habla con tanta alabanza del Swami que sus ojos se ensanchan y su rostro parece brillar. Describiendo el material y ayuda espiritual que Premananda proporciona a los cientos de reclusos que le visitan, incluyendo medicamentos y suministros esenciales, libros y matriculas escolares para sus hijos, trabajos para sus desposeídas mujeres, incluso pequeñas tiendas para ayudar a los reclusos a reinsertarse después de la prisión, él comentó: “Aunque Swamiji está en forma humana, siento que es realmente un dios viviente”.

Uno de los ex-convictos de la prisión de Cuddalore, el Sr. Shankara, habló de haberse apegado tanto a Premananda que se negó a abandonar la prisión después de ser liberado. Dado que Swami Premananda se enfrenta a la perspectiva de 18 años más de prisión sin derecho a apelación, las impugnaciones a las acusaciones son tan serias que muchos partidarios creen que los detalles garantizan el escrutinio por parte de un tribunal internacional. Ram Jethmalani, a pesar de estar jubilado como abogado a la edad de 83 años, ha jurado defender personalmente el caso hasta un perdón presidencial o que se deje sin efecto la sentencia. “Uno tiene que bajar la cabeza de vergüenza”, comentó después de la sentencia del Tribunal Supremo, afirmando que el veredicto ha causado desconcierto internacional en las facultades de leyes de la India al autorizar de forma efectiva el mal trato de testigos para “extraer lo que la policía considera como verdad”. Las implicaciones son tan prohibitivas, él advirtió, que debería legislarse urgentemente para revocar la ley actualmente en vigor en la India...

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