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Estómagos vacíos en un mundo de abundancia por Peter Rosset Con el nacimiento del bebé que aumentará la población mundial hasta 6. 000 millones de personas, valdría la pena reflexionar en nuestra capacidad colectiva de alimentar a todos.
La distribución de alimentos es una prioridad tanto si vivimos en Asia, donde vive el mayor número de personas que padecen hambre; en África, donde la producción oficial de alimentos ha descendido; en Latinoamérica, donde las desigualdades extremas producen un hambre creciente; o en EE.UU., con más personas hambrientas que en cualquier otro país industrializado. La relación entre el crecimiento de la población y el hambre ha sido debatida calurosamente desde que Thomas Malthus publicara su Ensayo en el Principio de la Población en 1798, en el cual argumenta que mientras que la población aumenta exponencialmente (muy rápido), la producción de alimentos aumenta sólo aritméticamente (más lentamente), conduciéndonos irremediablemente a la escasez y el hambre. Pero la historia no ha confirmado la teoría de Malthus: en los últimos 3 5 años, la producción de alimentos per cápita global ha sobrepasado el crecimiento demográfico de un 16 por ciento. Tenemos más alimento por persona en este planeta que en cualquier otro momento de la historia humana. Sin embargo, según las cifras de Naciones Unidas, existen más de 800 millones de personas que padecen hambre en el mundo actualmente. Las estimaciones más exactas del departamento de Agricultura de EE.UU. sitúan a 36 millones de ellos en los Estados Unidos, probablemente el país más rico de la Tierra, y el primer productor mundial de alimentos. Mientras que la definición estadística del hambre – a veces conocida como “inseguridad alimenticia” – varía, es claro por cualquier análisis que muchas personas no comen lo suficiente con demasiada frecuencia para que sea justificable bajo cualquier estándar justo. ¿Por qué en una era de abundancia creciente, cuando tenemos acceso a tecnologías “milagrosas”, alimentos sintéticos y cultivos y ganado modificado genéticamente, existe el hambre en un mundo de abundancia? La respuesta yace en cómo nuestro sistema alimentario global está controlado y quién tiene acceso a la abundancia que genera. En EE.UU., las personas padecen hambre porque no pueden permitirse tanto alimentos como vivienda. Un sueldo mínimo de jornada completa no cubre las necesidades mínimas de una familia de cuatro miembros, obligando a los padres a escoger entre vivienda o comida. Las familias con hijos y uno o más miembros que trabajan son el sector de clientes de bancos de alimentos y comedores públicos que crece con mayor rapidez, y se encuentran cada vez más entre los sin hogar desperdigados en los EE.UU. post-reforma de la seguridad social. Esta es la realidad a pesar del boom económico, dándonos una lección crítica de cómo el hambre puede crecer en la abundancia. Un patrón similar puede encontrarse en los países en desarrollo, donde las mayorías empobrecidas no pueden permitirse las abundantes cosechas de sus fértiles tierras. Uno de los mayores problemas a los que se enfrentan los productores mundiales es la superproducción, que da como resultado bajos precios de cosechas. Por cada país densamente poblado y hambriento como Bangladesh, existen países escasamente poblados como Brasil y Bolivia donde el hambre persiste junto a los abundantes recursos de producción alimentarios. Cada país del mundo tiene los recursos para alimentar a su propia población. Pero las políticas de libre comercio han construido una economía mundial que dispone de esos recursos para otros usos. El mercado global mueve los alimentos alrededor del mundo no en respuesta a la necesidad humana, sino más bien en respuesta al dinero. Los alimentos fluyen hacia el norte desde las naciones pobres y hambrientas a los consumidores ricos y bien alimentados de los países del norte. Los pobres en esos países, como en EE.UU., también son dejados de lado también.
En 1948, Naciones Unidas adoptó la Declaración Universal de Derechos Humanos, bajo el liderazgo de Franklin Delano y Eleanor Roosevelt. En ella, cada ser humano tiene garantizado el derecho a comida adecuada y a un salario de subsistencia. Cumplir con tal estándar internacional no significa que los gobiernos deban alimentar o pagar directamente a las personas. Más bien significa que los gobiernos tienen la obligación de asegurar la justicia, que significa rechazar las políticas que hacen peligrar esos derechos humanos básicos. Bajo un estándar de derechos humanos, deben rechazarse las políticas corporativas de bienestar que hacen abandonar el campo a las familias granjeras o que subvencionan el reemplazo de personas por máquinas y no dan nada para aquellos que pierden su trabajo, y se debe hacer hincapié en el desarrollo económico local y la creación de empleo. También significa que el salario mínimo no puede ir por detrás de la inflación durante décadas, como se ha hecho en EE.UU. Para alimentar a los 6.000 millones de personas en la actualidad y aquellos que nacerán en el futuro, debemos rediseñar nuestro sistema alimentario, haciendo de los derechos humanos la primera prioridad. Como el hambre resulta de una elección humana – los humanos deciden quiénes tienen acceso a los alimentos producidos – la meta de poner fin al hambre es alcanzable. No es más utópica que la meta de poner fin a la esclavitud no hace mucho tiempo. Mientras que reducir el crecimiento de la población por sí mismo no puede poner fin al hambre, los cambios que podrían ayudar a asegurar una distribución de alimentos equitativa – la democratización de la vida económica y la capacitación de las mujeres – también han demostrado ser las claves para la reducción de las tasas de natalidad, por lo que la población humana podría equilibrarse con el resto del mundo natural. Poner fin al hambre no significa destruir nuestro entorno o comer alimentos peligrosos. Ya hemos visto que un sistema alimentario basado en pesticidas y, de forma creciente, en ingeniería genética, no han hecho nada para acabar con el hambre. Por lo contrario, las investigaciones muestran que la agricultura familiar, basada en los principios de equidad y sostenibilidad ecológica, es en realidad mucho más productiva que la agricultura corporativa. El único camino para incrementar la producción para satisfacer las necesidades futuras de alimentos, que podrían poner fin al hambre, es crear sistemas alimentarios en los cuales aquellos que hacen el trabajo tiene más peso y cosechan mayores recompensas. La desigualdad es la fuerza motriz detrás del hambre actual, y si no hacemos algo para invertirlo, causará el hambre de mañana también. Atacando la desigualdad podríamos acabar con el hambre ahora, reducir el crecimiento de la población y producir más alimentos de una manera más sostenible. En un análisis final, alimentar a 6.000 millones de personas o más es una
cuestión de voluntad política. Ha llegado el momento de que un movimiento global
ciudadano se haga nuevamente con el control de nuestro sistema de alimentos y lo
ponga al servicio de alimentos saludables para todos. |
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Maitreya
- el Instructor del Mundo |