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“El hambre no puede esperar” Por Luiz Inácio Lula da Silva
El absolutismo económico y el fanatismo ciego ignoran los valores morales de la civilización que nos une y nos empuja hacia el futuro. El progreso no define el uso que se hace de la riqueza. Tampoco exime al hombre de decidir sobre su sentido ético. Al contrario, el abismo entre el avance técnico y el desarrollo moral configura uno de los pasivos que nos ha dejado el siglo XX.
Hoy en día, hay una peligrosa acumulación de tensión entre la opulencia, que no reparte, y la miseria, que no retrocede. Esta es una de las expresiones más inquietantes del siglo que comienza. Estamos, por tanto, en el umbral de grandes decisiones. Antes de ofrecer respuestas, la obligación de un hombre público es escuchar las preguntas de su tiempo. Y la pregunta que resuena en la agenda de los pueblos, principalmente en la de los países periféricos, es lo suficientemente elocuente como para no seguir ignorándola. Se trata de saber porqué han fracasado las políticas de los años 90, que prometían crecimiento integral y redistribución cooperativa de la riqueza mundial. Las condiciones de vida de mil millones de seres humanos que luchan hoy para sobrevivir con menos de un dólar al día son idénticas, o peores, que las que existían hace más de veinte años. La mitad de la población mundial tiene menos de 2 dólares al día para sobrevivir, mientras el 14% de la parcela más rica de la humanidad detenta el 75% de toda la riqueza material. La diferencia entre el 20% de los más ricos y el 20% de los más pobres equivalía a 30 veces en los años 60: ahora, en el cambio de milenio, se ha disparado a 74 veces. Estamos hablando de un retroceso, no de un mero descompás. En 54 países, la renta per cápita actual es inferior a la de 1990. En 34 naciones, la expectativa de vida ha disminuido. En 21, hay más gente pasando hambre; y en 14, más niños mueren antes de los cinco años de edad. En un planeta aplastado por el choque entre la desilusión y la indiferencia, ¿qué futuro le quedará a la paz? Es necesario que la comunidad internacional asuma su responsabilidad colectiva, alistándose en la única guerra de la cual saldremos todos vencedores: la lucha contra la pobreza y la exclusión social. El arma fundamental para esto ya se conoce: la profundización de la democracia económica, social, cultural y política. El comercio internacional necesita librarse de las prácticas proteccionistas, que, todos sabemos, conceden privilegio a unos cuantos grupos, ineficaces, pero poderosos. El único antídoto verdadero para la pobreza es una sociedad que no produzca más exclusión. Miseria y hambre no son un fallo técnico. No se superarán con el descubrimiento de una nueva máquina, ni con los mecanismos de mercado. La utopía de la conquista de la dignidad humana mediante grandes promesas tecnológicas se ha agotado. La vida humana es sagrada. Para que estos fundamentos puedan ampliar los cimientos de la paz y de la justicia, urge promover la reforma y el fortalecimiento de las instituciones multilaterales. Hablo de la reconstrucción de una Organización de las Naciones verdaderamente Unidas. Hablo de un foro capaz de rescatar la supremacía del diálogo y del consenso multilateral. Cooperación internacional significa, sobre todo, fomentar la equidad en las relaciones entre los Estados. Significa trabajar por la justicia en el contexto internacional. Si valorizamos la democracia en nuestras sociedades, no podemos dejar de buscar, a nivel internacional, el perfeccionamiento de la convivencia democrática entre las naciones. Es responsabilidad nuestra, ante las generaciones futuras, actualizar los procedimientos y composición de esos organismos, compatibilizándolos con la realidad de nuestros días. Estoy convencido de que la lucha contra el hambre, por su urgencia, su carácter humanista y su alcance, es una de las palancas de ese nuevo orden solidario. Por ello, propuse a la asamblea de la ONU, en septiembre, la creación de un Comité de Jefes de Estado para coordinar iniciativas en torno a esa bandera humanitaria. Exhorto a las personalidades aquí presentes a unir su talento y su influencia en este trabajo común de solidaridad por la vida, por la paz y por la justicia social. El hambre no puede esperar. La riqueza la forjan las manos humanas, razones humanas, emociones humanas. ¿Por qué entonces no puede estar igualmente al servicio de la dignidad humana? Si hombres y mujeres estamos condenados a inventar cotidianamente nuestro destino, ha llegado la hora de reinventarlo por la solidaridad. Creo que la erradicación del hambre es un deber moral y la base de cualquier política social. Asimismo, tengo claro que la superación final de la pobreza depende, en última instancia, de la generación y distribución de la riqueza. Al mismo tiempo, es necesario un cambio de mentalidad colectiva, transición cultural indispensable para pasar de una sociedad de contrastes a una comunidad justa, fraterna y digna. Sectores significativos de la sociedad ya han comprendido que no hay nada más urgente que pasar de la indiferencia a la movilización solidaria como primer paso indispensable para el cambio pacífico que la sociedad demanda. Más del 70% de la población brasileña contribuye ya al programa Hambre Cero. Creo que la misma revolución cultural puede impregnar los aires del mundo para inyectar humanidad en la globalización mercantil. Tenemos que recuperar la autoestima que rescate a la dignidad humana de la fosa común de lo superfluo, que tiene precio pero no tiene valor. La solidaridad es la última baza; y al mismo tiempo la valiosa oportunidad de un nuevo comienzo. Fuente:
Fundación Príncipe de Asturias,
14 octubre 2003. |
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Maitreya
- el Instructor del Mundo |