|
|
Cuando compartir salvó al mundo Hace cincuenta años, en abril de 1948, el vapor John H.Quick zarpó de Texas con un cargamento de trigo. Así empezó lo que Benjamin Creme ha llamado "el mayor logro de América hasta la fecha" [1] y Sir Winston Churchill "el acto menos sórdido de la historia". La II Guerra Mundial supuso un paréntesis entre dos de las peores crisis económicas de los tiempos modernos. La primera, la Gran Depresión, contribuyó a crear la guerra; la otra fue resultado de ella. Cuando la lucha llegó a su fin en 1945, Europa era una ruina desoladora y humeante. Además de las enormes pérdidas humanas y la confusión, cientos de miles de hogares quedaron destruidos y el hambre y la pestilencia acechaban a las ciudades del continente europeo, en su día majestuosas. Una considerable proporción de fábricas, minas, puentes, carreteras, lineas ferroviarias, servicios básicos y tierras de cultivo, habían quedado dañados o destruidos. Pero peor aún que la visible destrucción, era lo que un hombre llamó "el rompimiento de todo el entramado de la economía europea". Ese hombre era el Secretario de Estado norteamericano, George C. Marshall, la persona responsable principalmente de formular lo que luego se conoció como el Plan Marshall. En un famoso discurso emitido en la Universidad de Harvard el 5 de junio de 1947, delineó tanto el problema como su solución. Marshall explicó que la guerra había implicado que "los lazos comerciales existentes durante mucho tiempo, las instituciones privadas, los bancos, las compañías de seguros, y las navieras, desaparecieran por falta de capital, la absorción pública, o la simple destrucción. En muchos países, la seguridad en la divisa nacional había quedado gravemente perturbada. El desmoronamiento de la estructura empresarial de Europa durante la guerra fue total". Para empeorar las cosas, la producción de alimentos se desplomaba porque la población urbana no estaba produciendo suficientes bienes para vender a los agricultores. La división del trabajo que conforma la base de la civilización moderna se deshacía, forzando a los gobiernos a gastar sus preciadas reservas de divisas extranjeras en importar alimentos y otros bienes básicos del exterior. La crisis en la balanza de pagos era inminente, y en muy poco tiempo las naciones europeas acabarían por agotar las divisas que necesitaban para pagar las importaciones de las que dependía su subsistencia. Como principal proveedor de esas importaciones, Estados Unidos también se enfrentaba a graves consecuencias económicas si el mercado europeo se derrumbaba. Hacer que la economía europea se mantuviera en pie no sólo era un interés humanitario, sino que obraba en interés propio de América. Mientras Marshall lanzaba su mensaje, la crisis alcanzaba su punto álgido. El año había empezado con el invierno más frío registrado en la memoria de Europa occidental. Los barcos quedaban inmovilizados en los mares embravecidos y los canales estaban congelados, las carreteras habían quedado bloqueadas por la intensa nieve. La escasez de combustible y energía eléctrica no sólo habían dado como resultado que la gente se muriera de frío, sino que también se despidieran a cientos de miles de trabajadores. La nieve había enterrado al ganado y en Gran Bretaña se tuvo que recurrir a las fuerzas aéreas para que estas dejaran caer alimentos desde los aviones a los pueblos aislados por la nieve. Un diputado del parlamente británico declaró que la situación era "un Dunquerque económico". Mientras tanto, las tensiones políticas internacionales se iban acumulando con el inicio del punto muerto de la Guerra Fría entre occidente y el bloque soviético. La revista Time consideró 1947 "el año de la decisión": América podía abordar la situación mundial de inmediato, como había hecho después de la I Guerra Mundial, o retirarse en el aislamiento y dejar que todo decayera y se derrumbara. Nadie mejor que George Marshall entendió la situación, y ofreció una simple salida del cenagal: dejar que las naciones europeas formularan un plan integral para restablecer la confianza en su economía y que el gobierno americano asegurara su financiación. Sólo de esta forma podría romperse el círculo vicioso económico de Europa. Afortunadamente para el mundo, tanto los políticos como la gente prestaron su apoyo a esta propuesta valiente y sencilla, y muy pronto el Plan de Recuperación Europea (ERP, sus siglas en inglés), en su nombre oficial, se convirtió en realidad. Una flota de barcos, dirigidos por el John H.Quick, fue enviada a Europa con provisiones de alimentos y pienso para el ganado. Después de unos meses de esta fase de "limosna", como Marshall la llamó, quedó reemplazada por el objetivo de cebar la "inversión económica" europea. La mercancía de los barcos pasó a transportar semillas, fertilizantes, combustible, productos químicos, materias primas y lo último en maquinaria industrial. Lo más importante que estos barcos transportaban era, no obstante, la esperanza. Según George Kennan, un oficial del Departamento de Estado de la época, declaró: "El éxito psicológico al principio fue tan asombroso que sentimos que el efecto psicológico ya había cumplido con cuatro quintas partes del proyecto antes de que llegaran las primeras provisiones." Una nueva ola de energía y optimismo barrió Europa mientras las montañas de escombros se eliminaban, se reparaban o reemplazaban los edificios, se construían nuevas casas, se volvían a pavimentar las carreteras, y se tendían de nuevo los cables eléctricos. Las interrupciones en la producción y la escasez de elementos esenciales ya no eran un impedimento para el mecanismo de la industria, y los niveles de producción empezaron a crecer de repente antes de acabar el año. Un milagro económico tenía lugar mientras Europa occidental no sólo conseguía ponerse en pie y correr, sino que adoptaba lo más nuevo en maquinaria y técnicas de producción, cortesía de los americanos. Raymond Julivet recuerda la excitación que sintió cuando la granja de su familia fue la afortunada receptora del primer tractor en su distrito. "Mucha gente se paraba a ver lo que estaba ocurriendo. Querían ver qué clase de trabajo podía hacer el tractor y examinarlo de cerca, porque en esa época no veíamos muchos tractores en el campo. El tractor implicaba que la producción se incrementaba cinco veces durante los periodos de elevada actividad, como en la estación de cosecha." En otra instantánea, Jean Dubertret recuerda la llegada de una gigantesca prensa de acero a su ciudad de Douai, en la frontera franco-belga. "Era enorme. Cuando la transportaban desde Le Havre, los profesores llevaban a sus alumnos, fueran de la edad que fueran, a ver pasar ese monstruo. Nunca olvidaré cuando llegó a la fábrica. La mayoría de trabajadores cesaron su actividad para acercarse a ver este nuevo juguete. Era tan distinto de lo que habíamos conocido que todos nos quedamos sin aliento." Jean trabajó en la prensa de acero montando estructuras de coches para los Citroen 2CVs. Aparte de enviar lo último en equipamiento, 372 expertos norteamericanos visitaron Europa para impartir seminarios de gestión en ingeniería, marketing, y técnicas de investigación. Casi 150 equipos europeos de producción también visitaron Estados Unidos con el fin de observar de primera mano lo más nuevo en métodos industriales. Los periódicos pronto empezaron a publicar montones de historias con final feliz. En una fábrica de jabón de Holanda, los americanos mostraron a los holandeses cómo reducir el tiempo de procesamiento de cinco días a dos horas, utilizado el equipamiento más moderno. En Dinamarca, una fábrica de nylon que pudo adoptar métodos más modernos fue capaz de producir en un día lo que antes hacía en un mes entero. En 1948, los países del Plan Marshall se habían marcado el objetivo de incrementar para el año 1952 la producción industrial en un 30 por ciento por encima de los niveles alcanzados antes de la guerra, y un incremento del 15 por ciento en el sector agrícola. Aunque se quedaron cortos en sus pretensiones agrícolas, los objetivos industriales se vieron superados un año antes de lo previsto. En general, el Producto Nacional Bruto de Europa occidental se incrementó en un 32,5 por ciento durante los cuatro años que duró el ERP. Esos también fueron unos de los años más prósperos que haya experimentado nunca la economía norteamericana. La ayuda total proporcionada por Estados Unidos al ERP llegó a 13.300 millones de dólares (el equivalente actual a unos 90.000 millones de dólares). Aunque esto constituía una mera porción de las economías totales de los países participantes, las ayudas fueron las "chispas que encendieron el motor", proporcionando la estabilidad, la confianza, y los elementos esenciales necesarios para que el tejido económico pudiera repararse él solo. Además de la acción asumida por su gobierno, los americanos de a pie abrieron sus corazones al sufrimiento del prójimo y las organizaciones de beneficencia privadas recogieron la asombrosa cifra de 500 millones de dólares en paquetes de ayuda. Hoy en día, eso equivaldría a una donación de más de 20 dólares por cada hombre, mujer, y niño que viva en Estados Unidos. Benjamin Creme ha dicho que esta emanación de amor del público americano guarda cierta similitud con la respuesta sincera del pueblo británico en la reciente muerte de la Princesa Diana. En ambos casos, se trató del alma de 2º rayo (expresando el aspecto Amor de la Divinidad) de Estados Unidos y Gran Bretaña, respectivamente, lo que se manifestó tan intensamente. [2] No obstante, el paralelismo más importante con el mundo actual es la crisis de decisión a la que se enfrenta una vez más una sección de la humanidad en relación a la difícil situación de sus otros hermanos. Casi el 80 por ciento de la población mundial vive en países en vías de desarrollo del Tercer Mundo, a pesar de que su porción de la producción económica mundial asciende sólo a poco más del 20 por ciento. Este desequilibrio fundamental da como resultado que millones de personas se mueran de hambre, de enfermedades que son curables, o vivan vidas de miseria y penuria, mientras el resto de la humanidad disfruta de una vida de abundancia relativa. Esta es la situación que subyace a las tensiones y confusión que tanto acosan al mundo actual. Entre 1948 y 1951, América daba entre el uno y el dos por ciento de su PNB cada año para financiar el Plan Marshall. Este es un duro contraste con la actual ayuda oficial para el desarrollo, que está en un 0,1 por ciento del PNB. Según el Maestro de Benjamin Creme: "Ahora la tarea principal de los Estados Unidos es descubrir su alma, y con ello la necesidad de servir, más que dominar, al mundo... El camino a seguir por los Estados Unidos es poner sus múltiples recursos, talentos y energías al servicio de la humanidad y conducir a las naciones a la creación de un nuevo mundo y más viable. El mundo espera que este propósito se lleve a cabo." [3] Hace medio siglo George Marshall les dijo a sus conciudadanos que "El mundo del futuro depende de un juicio adecuado. Depende principalmente, creo, de la comprensión del pueblo americano...¿Cuáles son los sufrimientos? ¿Qué se necesita? ¿Qué es lo que mejor se puede hacer?" Esas mismas palabras podrían pronunciarse hoy.
Referencias:
|
||||||||||||||||||||||
|
|
|||||||||||||||||||||||
|
Maitreya
- el Instructor del Mundo |