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"El principio de cooperar y de compartir sustituirá algún día al afán de lucro y a la competencia. Este es un paso inevitable por delante para la humanidad". – Djwhal Khul

Rumbo a la solidaridad

por Federico Mayor Zaragoza

(Extraído de un artículo publicado en el Correo de la UNESCO en 1993)


Compartir: un imperativo moral

A las puertas del tercer milenio son graves las amenazas que se ciernen sobre la humanidad, pero ésta dispone de los medios necesarios para conjurarlas. A la sed de igualdad responde el inexorable aumento de las disparidades, y los generosos impulsos de fraternidad se estrellan contra el muro del repliegue sobre si mismo. Pero podemos vencer gracias a un cambio de rumbo radical, realizado con lucidez, tenacidad y audacia.

Nunca, desde hace medio siglo, ha habido tantas guerras: por lo menos veinte. En los últimos diez años el número de refugiados que huyen de la muerte, la destrucción, e incluso las tropelías y la eliminación deliberada, ha pasado de diez a veinte millones. Sin embargo, las soluciones negociadas y los procesos de reconciliación, especialmente bajo los auspicios de las Naciones Unidas, nunca habían sido tan frecuentes.

No cabe duda de que los riesgos de un holocausto nuclear son ahora casi inexistentes. Pero los poseedores del arma atómica se multiplican y nuevos focos de tensión se encienden por doquier. Por muy nefasta que fuera, la polarización de las relaciones internacionales en torno al conflicto Este-Oeste sofocaba las veleidades de guerra de países que procuraban sustraerse a su influencia. Incluso el yugo que imponían los regímenes totalitarios frenaba los odios y los fanatismos que su caída no puede ya contener. La diferencia -cultural, racial, étnica- o la simple alteridad desembocan cada vez más en una hostilidad que puede conducir a la exclusión y en ciertos casos extremos al exterminio.

Al mismo tiempo, la desigualdad de los recursos de que cada cual dispone para subvenir a sus necesidades no hace más que aumentar. Éstos son abundantes para una minoría y cada vez más irrisorios para amplios sectores de la población. Si bien los indicadores mundiales que reflejan el nivel de vida y los índices de mortalidad o de asistencia escolar mejoran regularmente, este progreso oculta una creciente diferencia entre los extremos de la sociedad.

En el mundo hay actualmente 1.300 millones de personas que viven por debajo del umbral de pobreza y que ni siquiera pueden alimentarse normalmente. Entre ellas se encuentra la casi totalidad de los 30.000 niños que mueren diariamente de desnutrición, de los mil millones de analfabetos, de los 300 millones de jóvenes que no asisten a ninguna escuela. En cambio los ingresos del 20% más rico de la población mundial son cincuenta veces superiores a los del 20% más pobre. Esta diferencia se ha multiplicado por dos en los últimos treinta años.

Los actuales sistemas de desarrollo son perniciosos. Mientras a escala planetaria el abismo que separa al Norte del Sur sigue profundizándose, la Organización Mundial de Comercio priva ahora a los países en desarrollo de mil millones de dólares anuales, cifra superior a la ayuda exterior que reciben. Desde mediados del decenio pasado, las sumas que los países pobres abonan a los países ricos para pagar sus deudas son superiores a las que reciben, y esta diferencia aumenta cada año. También en los países desarrollados se acentúan las desigualdades. La dura ley de las «sociedades a dos velocidades» está alcanzando a casi todas las naciones.

Un efecto negativo adicional es que estos sistemas de desarrollo se basan en una sobreexplotación de los recursos naturales, a la vez que provocan un deterioro de los que no agotan. Deforestación, disminución excesiva de las fuentes de energía no renovables, contaminación, efecto invernadero, destrucción de la capa de ozono, reducción inexorable de nuestro patrimonio biogenético, son indicios de que nuestra manera de vivir y de producir está llegando ahora a un umbral físico peligroso.

Barreras ilusorias

Esta situación se va a agravar, pues nuestro impacto en el medio ambiente aumentará con el crecimiento demográfico. La población de la Tierra se incrementa en 254.000 personas al día. A este ritmo, es probable que en el año 2030 los 6.000 millones de habitantes actuales se conviertan en 10.000 millones. Se estima que este aumento se va a producir en un 95% en los países en desarrollo y que será mayor en los más pobres. A todos los demás problemas de esos países se sumará así el de un crecimiento demográfico inserto en un medio ambiente cada vez más degradado. ¿Va a aceptar su población permanecer en ellos?

Ninguna muralla será lo suficientemente alta para impedirles emigrar masivamente a los «Eldorados» que para ellos representan los países poco poblados y de una riqueza inaudita. Es fácil imaginar el efecto amplificador que esas corrientes migratorias tendrían, si persistieran, sobre las reacciones de rechazo, de negación, de repliegue... El empleo del condicional se justifica aquí por mi convicción de que se utilizarán a tiempo los enormes talentos de todos para impedir semejante situación y dotar a cada pueblo de los medios adecuados para controlar su destino.

Al igual que los árboles impiden ver el bosque, el Muro de Berlín impedía ver las auténticas prioridades, las amenazas latentes, las soluciones nuevas. Antes de su caída, la dicotomía Este-Oeste ocultaba muchos hechos, descalificaba toda idea que no la tomara como premisa, moldeaba los sistemas de desarrollo y de gobierno, y era decisiva para las relaciones internacionales. Vivíamos en una especie de tranquilidad ciega, marcada por la atrofia del pensamiento y la parálisis de la acción frente a los retos principales de nuestro tiempo.

Así pues, no cabe la nostalgia. El hundimiento de los totalitarismos ha abierto espacios para una libertad todavía frágil, pero al fin accesible. Bajo los efectos de la ampliación y la aceleración de las corrientes de seres humanos, de mercancías, de capitales, de ideas, de conocimientos, de información, la unificación del mundo parece irreversible (la famosa «aldea planetaria») y, no obstante, este mundo se torna cada vez menos unitario, porque las desigualdades se acentúan y las diferencias -que sin embargo en buena medida contienen soluciones- tienden a mirarse como amenazas. Unidos sí, uniformes no. La mundialización en curso es incompatible con el repliegue egoísta. Nuestra única opción es organizar equitativamente la mundialización.

Una nueva visión

Esta organización debe partir de una nueva ética de las relaciones con el otro, cuya diferencia ha de aceptarse tratándolo con tolerancia, respetando su libertad y su dignidad. Gracias a los nuevos enfoques del desarrollo, la indigencia debe combatirse con los valores de la solidaridad y de la justa distribución, con esa fraternidad de la que André Malraux decía que sólo ella acabaría con la desigualdad. Pensar y actuar de inmediato a nivel local, nacional, e incluso regional, no da ningún resultado. Si bien la acción tiene que adaptarse a las situaciones concretas, tanto sus bases como sus efectos deben inscribirse en un proyecto planetario.

La transición de una cultura milenaria de guerra a una cultura de paz exige la participación de todos, movidos por objetivos comunes y de acuerdo en lo esencial. Los retos del pasado se encaraban con la fuerza, los del futuro se abordarán con la inteligencia. Esta transición implica «ver de otro modo», sumar a la «rebelión de las mentes» la perseverancia en la acción «sostenible». ¡Cuántos fracasos son fruto de la fugacidad de las convicciones, de la violencia enfrentada a la violencia! Sea cual sea la afrenta, la no violencia debe aceptarse como premisa universal. Del mismo modo que hay que aceptar, por fin, la complejidad de la realidad: la simplificación no es rigurosa ni útil. El enfoque multidisciplinario es el paso obligado para una comprensión exacta y una acción eficaz.

Las actividades que la UNESCO debe ejecutar en 1994-1995 apuntarán as¡ a tres objetivos prioritarios: el fomento de una cultura de paz y de tolerancia, el establecimiento de un sistema de desarrollo cuyo actor y beneficiario sea el ser humano, la preservación del medio ambiente y la gestión racional de los recursos. Estas actividades favorecerán muy en especial a las poblaciones y las grupos más desamparados: las mujeres, los países menos adelantados y África.

Para conseguirlo, la UNESCO no dispone ni de batallones ni de grandes recursos. Sus medios son otros. Se llaman intensificación de la «solidaridad intelectual y moral de la humanidad», para «erigir los baluartes de la paz en la mente de los hombres», como señala su Constitución. Se trata en efecto de sumar y de conjugar la capacidad creadora de los educadores, los investigadores, los artistas, los periodistas del mundo entero para abrir vías por las que cada uno aprenda por fin a coexistir y a compartir.

EL CORREO DE LA UNESCO - 1993
 

 

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