|
|
Compartir, ética del futuro por Federico Mayor Zaragoza (Extractos de un artículo publicado en el Correo de la UNESCO en 1998)
¿Podemos aceptar que en los países menos adelantados aproximadamente un tercio de la población muera antes de los 40 años, o que el 20% de los habitantes del planeta se repartan el 80% de los recursos de toda índole? “Sin un desarrollo social paralelo”, ha señalado hace poco James Wolfenson, presidente del Banco Mundial, “no se conseguirá un desarrollo económico satisfactorio”.
La respuesta al desafío planteado por la pobreza implica compartir, y ello constituye lo esencial de nuestra misión. La obligación de compartir no es sino una manifestación del deber de solidaridad, de la “solidaridad intelectual y moral de la humanidad”, la única que puede servir de base para una paz auténtica y duradera. Compartir es una acción que ha de tener lugar no sólo en el espacio sino también en el tiempo. Es nuestro deber pensar en las generaciones venideras. ¿Qué queremos transmitir a nuestros hijos? ¿La esperanza de un futuro mejor o la pobreza crónica? ¿Oportunidades para todos o el desamparo para una cuarta o una tercera parte de la humanidad? ¿Un ambiente portador de vida o un planeta no viable? La ética del futuro consiste en la responsabilidad fundamental de las generaciones actuales con respecto a las venideras. Es preciso sentar las bases de esta ética desde ahora; sin ella no podremos construir en el siglo XXI la paz ni el desarrollo…
Basta con poco para hacer mucho. Según el Informe Mundial sobre Desarrollo Humano del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, sería suficiente con que los países en desarrollo reorientaran el 4% de sus gastos militares “para reducir el analfabetismo adulto a la mitad, impartir enseñanza primaria universal y educar a la mujer al mismo nivel que el hombre”. Como señaló Wally N’Dow, secretario general de la Cumbre sobre la Ciudad (“Hábitat II”): “Existen los recursos necesarios para dar a todos los hombres, mujeres y niños de esta Tierra, agua potable y servicios de saneamiento y un techo que los proteja, por un costo inferior a 100 dólares por persona”. Gracias a este tipo de inversiones en el desarrollo y la seguridad humana, un día callarán las armas antes las papeletas de voto, y la fuerza de la razón se impondrá definitivamente sobre la razón de la fuerza. “Si el pueblo empieza a actuar, los dirigentes seguirán”, recuerdo este adhesivo en el parachoques de un automóvil en Atlanta, que me hizo pensar que uniendo nuestras fuerzas y creando sinergias podemos cambiar el mundo… La participación de cada uno, la responsabilidad de los ciudadanos, son el medio más seguro de comenzar a construir un futuro fundamentado en la confianza y la capacidad del ser humano de transformarse, de construirse a sí mismo, de favorecer esa evolución permanente, intelectual, cultural, biológica, ese río en movimiento que es cada uno de nosotros. En lo sucesivo debemos volver a formular el “cogito cartesiano” del ciudadano del siglo XXI y decir: “Participo, luego existo”. Insisto en ello una y otra vez: si no participo, me cuentan en las estadísticas o me contabilizan en las elecciones, pero no cuento como ser humano. Por esta razón, la educación es un desafío – el verdadero, el único – auténticamente democrático. Como nos lo enseñó la Comisión Internacional de la Educación para el siglo XXI, presidida por Jacques Delors, la educación no es solamente aprender a conocer, aprender a hacer o aprender a ser, sino que es también aprender a vivir juntos y , por lo tanto, a construir la Ciudad, a edificar la Ciudad del futuro.
Pero es necesario por encima de todo atreverse a amar. El principal déficit
de hoy en día no es económico, es un déficit de amor. Porque la educación sin
amor, sin compartir, sin solidaridad con el otro, no es más que letra muerta,
retórica, discurso y abstracción. Como dice el proverbio africano: “El amor es
lo único que aumenta cuando se comparte”. |
|||||||||||
|
|
||||||||||||
|
Maitreya
- el Instructor del Mundo |