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Archivos - Cooperación / Competencia

 
Título La necesidad de cooperación (1)
Fuente Revista Share International- Enero/Febrero 1998
Autor Benjamin Creme
Notas Un extenso análisis sobre la tensión entre cooperación y competencia, el origen y los peligros del comercialismo competitivo como es definido en "el sueño americano" y el papel de la cooperación para construir la buena voluntad global necesaria para la superviviencia humana.

La necesidad de cooperación  -  ( parte 1 )


El siguiente artículo es una versión editada de la charla temática ofrecida por Benjamin Creme en la Conferencia de Meditación de Transmisión de 1997 celebrada en San Francisco, EE.UU., y por tanto dirigida a un público norteamericano. Fue repetida en la Conferencia de Kerkrade, Holanda, hacia finales de 1997.

La cooperación inmediatamente lleva a pensar en su opuesto, que es la competencia. Muchas personas me han oído recalcar, una y otra vez, la necesidad de acabar con la competencia, de entender nuestra interrelación, y la necesidad de cooperar si es que queremos, no sólo avanzar, sino también sobrevivir como especie.

El mundo se encuentra dividido en dos grupos: los que se aferran a los viejos sistemas nacionalistas codiciosos y egoístas del pasado y que de este modo representan las fuerzas reaccionarias del mundo, y los que se abren a las nuevas y entrantes energías de Acuario, y que buscan un camino de fraternidad y cooperación, una comprensión de la interdependencia que se desprende del hecho de que somos una humanidad.

Como humanidad una, estamos elaborando nuestro destino mutuo y evolucionando para dar expresión -- con nuestras distintas nacionalidades y talentos -- a la extraordinaria variedad de vida divina pero en la forma de unidad. Esto constituye obviamente un enorme problema para la humanidad; actualmente el mundo está muy dividido, la competitividad muy generalizada. Es la naturaleza misma de nuestros sistemas políticos y económicos, basados como lo están ahora en las fuerzas del mercado, la comercialización, el engrandecimiento y el poder. Si queremos sobrevivir, esto debe cambiar. ¿Cómo derrocamos el tremendo poder de la competitividad que subyace a todos los aspectos de nuestra vida actual, y colocamos en su sitio no sólo la idea, sino la acción de la cooperación?

La competitividad, así lo entiendo, está basada en el temor. Si volvemos atrás en la historia, pensamos en la competitividad asociándola con el mundo animal. Es natural que los animales compitan por los alimentos en la lucha por la supervivencia. Se produce una continua competitividad entre los lobos y el caribú, entre los leones, tigres, pumas y leopardos y las distintas clases de antílopes y venado. Todos ellos están en competencia. Pero no la ven como tal. El león o el tigre nunca piensa: "Estoy compitiendo con mis hermanos y hermanas para conseguir ese antílope". Nunca les entra en su mente. Se trata de una reacción instintiva a la vida.

Comida a cuatro patas

Si un león, tigre o leopardo tiene hambre, sale a buscar comida. Su comida siempre se trata de algo que camine a cuatro patas, así que cualquiera con cuatro patas es presa legitima para el león, el tigre o el leopardo. Es simplemente una cuestión de quién puede utilizar sus patas más rápido que el otro. Si el ciervo o el antílope corren más, como suele ocurrir, consiguen escabullirse del gran felino. Si, a través de la cooperación, los leones o los leopardos trabajan conjuntamente o, como hacen los lobos al cazar el caribú, cooperan y cazan juntos por un instinto mutuo e innato de cooperación, entonces pueden derribar su presa, que puede ser más veloz. La cooperación en el reino animal funciona, pero cazar es básicamente competitividad para la supervivencia.

En cierta época era perfectamente natural para el hombre primitivo, viviendo en condiciones de escasez de alimentos, competir por esos alimentos para su supervivencia. Luchaban por su supervivencia, también, durante los muchos siglos de competitividad entre el hombre primitivo y el reino animal. Los dinosaurios -- o sus descendientes, que aunque fueran más pequeños y más rápidos seguían siendo dinosaurios, e igual de rapaces -- diezmaron la humanidad. Su misma existencia era amenazada reiteradamente por el reino animal. El instinto de competir para la supervivencia es absolutamente básico en el animal. Pero nosotros no somos simplemente animales. A pesar de que debemos nuestros cuerpos y algunos de nuestros instintos al reino animal, nosotros somos almas en encarnación. Como almas, algo distinto de la competitividad entra en juego en las relaciones de los hombres entre sí, entre los distintos grupos, entre naciones, etc. Nosotros no estamos siempre compitiendo, pero cuando lo hacemos, siempre acabamos destruyéndonos a nosotros mismos. La guerra es competitividad llevada al máximo, y es algo que la humanidad ha emprendido una y otra vez por varias razones: por engrandecimiento, por riquezas, botines, muy a menudo por placer, como en la Edad Media, para mantener el brazo que sostiene la espada fuerte y flexible, simplemente por el puro placer de lo que sustituye a la caza -- la caza de nuestros hermanos y hermanas de distinto color, religión, tribu o raza.

Con la llegada de las civilizaciones agrícolas, la necesidad de competir disminuyó. La competitividad en términos de guerra todavía seguía ocurriendo muy a menudo, pero el mismo hecho de volverse hacia una cultura agraria sedentaria alejó al hombre de la necesidad de perseguirse unos a otros, o de perseguir animales para matarlos y luego meterlos en la olla. Se desarrolló un aspecto distinto: la cooperación. Las tribus crecieron en tamaño, se formaron pequeños mercados, el comercio tuvo lugar. Eso depende de la cooperación. No se puede construir una ciudad o un espacio de intercambio comercial sin cooperación. No se puede ampliar la variedad de actividades humanas y ser creativo sin la cooperación. Si unos están cavando la tierra, permite a otros construir casas. Si unos están construyendo casas, permite que otros toquen el piano o el arpa. Estas diferenciaciones y especializaciones enriquecen a la sociedad humana, la civilización y la cultura. Sin el espíritu de cooperación, no puede promoverse esa riqueza. Requiere la percepción de uno mismo como parte de un grupo, una comunidad, hermanos y hermanas, compartiendo los recursos de un lugar en particular, y disfrutando, por tanto, de los frutos de esta interacción cooperativa.

Sobreproducción

Actualmente hemos llegado a un punto en el que, en términos materiales y prácticos, el mundo es probablemente más rico que nunca. Hay más productos per capita en el mundo que en cualquier otro momento de la historia humana. Nunca se ha sentido la necesidad de tantas cosas. Nunca en la historia del mundo han estado los almacenes tan repletos de tantos productos. Hemos alcanzado un punto de sobreproducción masiva que requiere la cooperación para producir. Todo ello es el resultado de la cooperación, pero ha conducido a un ataque masivo de unos contra otros en una competencia para vendernos mutuamente estos bienes.

En cierto momento la gente comerciaba con lo que cada uno necesitaba. Si uno producía vino y aceitunas, lo cambiabas por oro, plata, estaño, lapislázuli, o algún producto natural de la tierra. Eso bastaba. Nadie pensaba en intentar competir con los demás en función de la naturaleza de las cosas con las que se comerciaba. Si eras fenicio, romano o griego, comerciabas con Gran Bretaña o Alemania por los artículos que Gran Bretaña y Alemania producían, no por lo que uno mismo producía. Tú les dabas vino, aceitunas y mármol, y ellos te daban estaño, cobre, lana y ámbar. Y de este modo se desarrolló una industria comercial natural, cooperativa, en esta cultura agraria por todo el mundo.

Actualmente, todas las naciones del mundo desarrollado, especialmente las naciones del G-7, están produciendo las mismas cosas. Todos nosotros producimos coches, máquinas de coser, neveras, calculadoras, ordenadores, y toda la parafernalia de nuestra moderna y sofisticada existencia en la ciudad -- y todos intentamos vendernos estas cosas mutuamente. Nadie necesita lo que el otro tiene que vender. Sólo lo queremos si cuesta menos. Eso es lo estipulado. Si está mejor hecho y es más caro, no siempre lo queremos. Si está mejor hecho y es más barato, entonces seguro que lo queremos. Si no está tan bien hecho pero es bastante más barato, entonces seguro que nos apañaremos con él. Así es como comerciamos hoy en día. Estamos simplemente comerciando con cosas que perfectamente podemos producir nosotros fácilmente pero que nos resultan un poco más caras de hacer.

Hemos llegado a una especie de callejón sin salida en el comercio. ¿Cuál es el camino a seguir? Uno sería volver hacia atrás a una cultura agrícola en la que todo el mundo simplemente se produce sus propias cosas y lo cambia por lo que necesita. Eso sería razonable, pero el mundo de hoy en día es tan vasto, hay tantas personas, el sistema de intercambio que permitiría que eso tuviera lugar seria tan complicado, que nadie pensaría en hacerlo. Por supuesto sería tonto intentar volver hacia atrás. Tenemos que ir hacia otra dirección. No tenemos que volvernos competitivos, sino cooperativos. De lo contrario no avanzaremos hacia ninguna dirección en absoluto.

La competencia, por otro lado, parece ser innata en la psique humana. Todo el mundo, en menor o mayor medida, es competitivo. Tenemos que comprender eso, reconocerlo, y tratar con ello. La mayoría de nuestros hermanos son competitivos. Compiten por el amor, la aprobación y la atención de sus padres. Si no la logran odian al otro hermano. Luego la toman con su hermano pequeño. En toda familia donde hay dos o tres hijos, el primero está bien hasta que cumple los dos años, cuando llega el siguiente hijo. Cuando la madre no mira, pellizca a ese pequeño animalito que ha absorbido toda la atención de sus padres.

Yo era el hermano pequeño, y recuerdo recibir golpecitos en la cabeza y patadas bajo las sábanas por parte de mi hermana, que era un año y diez meses mayor que yo, mientras yo era un bebé en el cochecito. Yo estaba sentado a uno de los lados del cochecito y ella en el otro, y me daba patadas por debajo de las sábanas. Luego logré la revancha porque cuando crecí y me hice más grande y más fuerte le daba golpes varias veces. ¡Pero eso era sólo la Ley del Karma funcionando a través de mí!

La responsabilidad de los padres es enorme. Ya que la competencia entre hermanos es casi inevitable (viene con la leche materna), tiene que ser controlada y sustituida por la cooperación que, creo, tiene que enseñarse.

Condicionamiento

Todo el mundo, en la muy imperfecta sociedad de hoy en día, está condicionado. Cada padre condiciona a sus hijos de la forma en que este fue condicionado. Nosotros transmitimos nuestro condicionamiento todo el tiempo. No podemos evitarlo. Tenemos que ser muy conscientes, muy sensibles, e inteligentes, para darnos cuenta de lo que estamos haciendo, y extremadamente pacientes y desapegados. Tenemos que crear las condiciones de cooperación a través de nuestros hijos desde la edad más temprana posible.

Las mejores guarderías y parvularios sí que intentan inculcar la cooperación. Cuando lo ves, es maravilloso, absolutamente encantador. Pero rápidamente se desmorona en el momento en que dos niños quieren el mismo juguete, o realizar la misma actividad, y entonces entra el viejo, primario y primitivo hombre con su instinto de competir y de conseguir, a través del principio del deseo que rige la personalidad. Todo niño es un pequeño salvaje hasta aproximadamente la edad de 14 años. Luego, si somos afortunados, pasa a ser de salvaje a algo entre un salvaje y una persona civilizada. La naturaleza astral domina al niño hasta ese momento. No me refiero a los genios que vienen como iniciados y empiezan a pintar como Picasso.

Buena voluntad divina

El principio del deseo es muy potente, e instintivamente se expresa a través de la competitividad. Podría cooperar, pero agarrando, luchando por lo que siente que necesita, ciertamente por lo que quiere, compite, mata si es preciso, hiere, destruye. Esa es la historia de la vida de la humanidad hasta que alcanza el nivel en el cual el alma, el aspecto divino, cuya naturaleza es la buena voluntad, se manifiesta. Tal como el Maestro dice: "La cooperación es la manifestación de la buena voluntad divina". Es el alma la que manifiesta la buena voluntad, la que nos hace querer cooperar.

Es muy difícil para los seres humanos en cuerpos físicos, con personalidades que están principalmente gobernadas por su naturaleza astral, ver claramente, entender, a excepción quizás intelectualmente, la naturaleza del alma. El alma tiene una amplia perspectiva; no tiene sentido de sí misma como separada.

El alma, trabajando mágicamente, produce a la persona en el plano físico. Lo hace creando la estructura de rayos y los cuerpos reales y un cierto nivel de vibración determinado por el punto alcanzado en la vida anterior. El alma trata de crear una réplica de sí misma en el plano físico y, sabe porque es inteligente, que esto costará varias encarnaciones. Tiene que dar a su reflejo los vehículos que se relacionen con las condiciones de vida en un tiempo determinado, la naturaleza de la familia y el entorno en el que va a situarse; un conjunto de vehículos, rayos, habilidades, y determinar qué habilidades serán las predominantes.

Nosotros hemos tenido todos los rayos, más o menos, en incontables encarnaciones. Algunos de ellos están como en suspensión, no se están expresando con intensidad. Otros habrán sido utilizados hace poco, y se mostrarán fuertemente en nuestra composición. Nunca se pierde nada de eso.

El alma tiene una buena voluntad total, absoluta. Conoce sólo la inteligencia divina, el amor divino, y el propósito o voluntad divinos. La buena voluntad es un aspecto del amor. Es el propósito de Dios y el amor de Dios juntos, y es amor esencial. El alma intenta inculcar esto en su vehículo. Eso inevitablemente conduce a la cooperación. Cuando tu cooperas tiendes a expresar la cualidad de la buena voluntad. Funcionan conjuntamente. Cuanto más cooperativo te vuelves, más buena voluntad expresas. Cuanta más buena voluntad tienes, más querrás cooperar. Es fácil cooperar si tienes buena voluntad. Es muy difícil cooperar si estás trabajando bajo el principio del deseo, en vez de con el principio de buena voluntad del alma, queriendo lo que tu inteligencia te dice que necesitas, lo que tu inteligencia te dice que sería lo mejor para ti o tu grupo. La inteligencia a menudo está en desacuerdo con la percepción y la intuición procedentes del alma que siempre está encaminada hacia la buena voluntad, a la expresión de la correcta relación.

El alma sólo conoce la correcta relación. Eso es lo que quiere producir en el plano físico. Esto por supuesto es difícil ya que desde hace muchísimos siglos, y especialmente ahora a través de nuestras estructuras económicas y políticas actuales, hemos creado un mundo cuya naturaleza esencial es la competencia.

continúa (Parte 2) >>
 

 

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