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La superación del temor (1) por Benjamin Creme Al formular las ideas para esta charla, estoy en deuda con la inspiración de mi Maestro, y además con las enseñanzas de Sri Ramana Maharshi, Krishnamurti, el Maestro DK (a través de Alice Bailey), y el Señor Maitreya. El temor, supongo yo, ha de ser la emoción más nociva, destructiva, corrosiva, limitante e inhibidora a que estamos predispuestos. Parece no haber nadie en el mundo, excepto los Maestros, que se halle libre de su dominio. Se nos insta a superar el temor, a no tener temor. Todo instructor, del rango que fuere, que se ha dirigido a la humanidad, que ha compartido su sabiduría y conocimientos con la humanidad, ha hecho de esto una prioridad máxima para la vida. La cuestión es, ¿nos es posible vivir libres del temor? ¿Podemos ir más allá del temor? Todos creemos saber lo que es el temor. Puede que no sepamos cómo se produce, pero ciertamente que conocemos esa sensación. Existen muchos tipos diferentes de temor, procedentes de circunstancias, necesidades y situaciones diferentes que encontramos en la vida. La mayoría de la gente, al hablar del temor, pensará inmediatamente en el temor a los accidentes, a la muerte, los temores naturales que condicionan nuestras vidas. Desde la misma cuna se nos alimenta con información que condiciona nuestras reacciones a todos los fenómenos de la vida, y ésta, creo yo, es la raíz de nuestro temor. Si al niño se le mantuviera libre de condicionamientos, no conocería el temor. El temor, simplemente, no llegaría a entrar en la mente, y observaréis que el temor es siempre el resultado de alguna actividad de la mente y del pensamiento. Los animales no conocen el temor. Reaccionan ante las situaciones temibles, es decir, ante las situaciones de riesgo. También nosotros reaccionamos ante esas situaciones, habitualmente con temor, porque estamos condicionados a responder a las situaciones potencialmente peligrosas con la reacción que llamamos temor. Está integrado en nuestro aparato de respuesta, y es el producto de nuestras mentes. Si no hubiéramos sido condicionados por esa información, y por tanto no la consideráramos posible, no conoceríamos el temor. El antílope huye del león, no porque tenga miedo, sino porque es inteligente. Sabe que si no corre se convertirá en la cena del león, de modo que corre lo más rápido y lo mejor que puede. Seguramente sabrás, por experiencias previas, que si te encuentras en una situación temible y reaccionas con temor, no serás muy eficiente en tus acciones. Todos hemos tenido alguna vez un sueño en el que nos vemos sobrecogidos por el temor; algo terrible está sucediendo, nos persigue algún monstruo, nuestro padre o nuestra madre, nuestra hermana o hermano mayores, alguna creación monstruosa de nuestra mente aterrada, y no podemos movernos, nuestra capacidad de correr nos abandona, y nos vemos atrapados en una suerte de cenagal en el que apenas podemos movernos. Entonces, por supuesto, despertamos, y nos sentimos muy felices de que todo haya acabado; estamos empapados en el sudor frío del pánico, porque no podíamos movernos, no podíamos escapar de esta amenaza. La acción se vuelve imposible debido al temor. El temor inhibe. ¿Cómo es posible, pues, que tan pronto como un antílope ve a un leopardo o a un león, tan pronto como un conejo ve a un perro, salgan disparados lo más deprisa que pueden? ¿Es debido al temor? ¿Acaso han pensado: "¡Oh!, eso es un león, eso es un perro, ¡oh!, estoy asustado"? Porque si ese fuera el caso lo más probable es que se acurrucaran, confiando en que el perro o el león no les reconocieran como conejo o como antílope. En realidad, corren tan aprisa como sus patas les puedan alejar de este peligro potencial. Pero aquí no interviene el temor. Es una reacción inteligente e instintiva del cuerpo, causada por una estimulación de las glándulas adrenales por parte del sistema nervioso simpático. Poseemos dos sistemas nerviosos, el simpático y el parasimpático. Uno produce en los animales la reacción de huida, y en nosotros la boca seca, incapacidad para correr, contracción, manos sudorosas, sea cual sea nuestra reacción personal al temor. El otro, el parasimpático, funciona en base al principio del placer, y produce saliva, ojos brillantes, expansión, sensación de alegría y de felicidad; en una palabra, placer. Parece como si pasásemos toda nuestra vida controlando uno y buscando el otro; controlando nuestras reacciones al temor, o escapando de ellas, y buscando nuestras reacciones de placer. ¿Por qué nos metemos en tantos quebraderos de cabeza para esto, para pasarnos la vida buscando el placer y controlando el dolor, escapando del dolor, del temor y del sufrimiento, sea lo que sea que esté causando eso que llamamos dolor? Si buscamos las causas, creo que hallaremos su origen en la visión que tenemos de nosotros mismos en relación a lo que consideramos como el no-yo, lo otro, lo que está afuera. Lo único que podemos controlar, obviamente, es nuestra respuesta a los diferentes eventos, y nos pasamos nuestra vida imaginando formas de escapar del dolor y de prolongar el placer. Así actúan los sistemas nerviosos simpático y parasimpático, el mecanismo de nuestro cuerpo, y en tanto nos identifiquemos con eso, conoceremos el temor. ¿Qué necesidad hay de que la vida sea una lucha semejante? ¿Por qué habría de ser tan dolorosa? El temor es dolor, eso lo sabemos todos. Hasta ahora he hablado del temor en términos físicos, pero existe otro temor (creo que todos somos conscientes de él, y todos estamos predispuestos a él) al que habremos de denominar el temor psicológico. Es el temor que entra en la mente en una situación psicológica en la que nos sentimos amenazados de algún modo, y no necesariamente de un modo físico; no necesariamente vamos a ser atropellados o comidos por un animal, (o cualquier otra situación tan drástica como esa). Supongo que el temor a la muerte es el mayor de los temores, tan poderoso que no pensamos en él, sino que lo ocultamos en el fondo de nuestra mente, aunque sabemos que algún día (confiando que cuando ya seamos muy viejos y no nos importe) tendremos que enfrentarnos con él. Pero aparece en cada situación con que nos encontramos, y está estrechamente unido, creo, al correspondiente temor a la vida misma. El temor a la muerte es un resultado de nuestro condicionamiento, el hecho de que separamos la muerte de la vida. Nuestra experiencia de la vida tiene dos aspectos: este aspecto del 'vivir', como lo llamamos, en el que nos vamos a la cama, nos despertamos y aún estamos ahí. Henos aquí otra vez, con otro día al que enfrentarnos, que vivir, que experimentar. El otro aspecto comienza cuando no despertamos, cuando 'morimos'. El gran problema es cómo vivir (y morir) sin temor. No podemos evitar sentir temor en toda situación porque se ha convertido, no en una acción de la mente consciente, sino en una reacción inconsciente en cualquier situación. ¿Existe alguna forma de superarlo? No puedes conocerte a ti mismo, conocer la libertad, la naturaleza de la realidad, la felicidad, la alegría o el gozo, si tienes temor. Y si tienes algún temor, tienes todos los temores. ¿Es posible liberarse del temor?, y si es as!, ¿cómo hacerlo? Veamos si podemos cambiar nuestro enfoque de la realidad, de modo que podamos experimentarla tal como es, y no a través de esta niebla del temor, de esta reacción astral inhibidora y aplastante que es el temor. Si profundizas en él, verás que todo temor es resultado del pensamiento, de una acción o movimiento de la mente. De niños se nos ha enseñado que si nos acercamos demasiado al fuego nos quemaremos la mano. Desde luego que si nos hubiésemos acercado demasiado al fuego y nos hubiésemos quemado la mano, pronto habríamos sabido, por el dolor resultante, que eso no se hace. De modo que en el niño se halla integrado un mecanismo instintivo, una reacción inteligente e instintiva. Sabe, desde ese momento, que no ha de acercarse demasiado al fuego. Pero si le dices al niño, 'si no haces lo que te digo, te daré un azote', estás introduciendo en la mente del niño una noción completamente distinta, y, por supuesto, si eres fiel a tu palabra y el niño no hace lo que le dices y le das un azote, eso le dolerá, y de entonces en adelante tratará de complacerte; y en este intento por complacerte, de que no le hagas daño, su reacción espontánea hacia la vida ha quedado distorsionada. Esto nos ha ocurrido a todos, de una forma u otra, y en mayor o menor medida. Cada uno de nosotros ha integrado en su respuesta a la vida, una serie de inhibiciones que en conjunto vienen a ser el temor. El temor se ha incrustado tan profundamente en la mente inconsciente, que ni mirándolo desde el nivel consciente podemos cambiarlo. Podemos racionalizarlo, ver que esta ahí; podemos analizar su mecanismo, pero si somos honestos, veremos que el temor sigue ahí. Es algo que debemos abordar a otro nivel. Algunas personas recurren a la hipnosis. El temor rige de tal modo sus vidas, que se vuelven incapaces de realizar siquiera las acciones más normales: los quehaceres domésticos, ir al trabajo, ir de compras, conducir un coche, todas estas cosas se impregnan de temor hasta tal punto, que la vida cotidiana de la persona está trastornada. La hipnosis puede ser inducida por otra persona, o puede ser una auto-hipnosis. El hipnotizador, sea otra persona o uno mismo, sugestiona a la mente inconsciente para que elimine la reacción del temor. Si la sugestión es lo bastante fuerte, y la persona lo bastante susceptible a esa sugestión, funcionará durante algún tiempo. La persona parece haberse liberado de ese temor inhibitorio, ya se trate del temor a las alturas, del temor al dentista o a volar en avión, o del temor que la hace precipitarse hacia un cigarrillo o hacia una bebida cada vez que se enfrenta con una situación en la que siente temor. ¿Qué son estas situaciones? ¿Cómo se producen? Creo que, en gran medida, se deben a que nuestros sistemas educativos están basados en un condicionamiento dirigido hacia la competición. Se nos ha motivado a compararnos, de manera competitiva, con cualquier persona, con todo, con cualquier situación en la que nos vemos envueltos. En vez de tener un vecino amigo nuestro que se llama Juan, somos mejor o peor chico que Juan. En vez de ser un chico distinto de Juan, con diferentes necesidades, esperanzas, talentos y cualidades, somos siempre mejores que Juan o no tan buenos como Juan. Se nos coloca siempre en una situación de competición. Creo que esta competencia es el origen de nuestro temor. El Condicionamiento A partir de todo esto creamos una noción de nosotros mismos, una imagen, como adecuados o inadecuados, superiores o inferiores, y, desde luego, una es tan letal como la otra. Nosotros somos, o bien superiores a todos los que nos rodean, y tenemos, por tanto, la necesidad de mantener esa ilusión de superioridad, de manera que en toda situación en la que nos vemos amenazados, experimentamos temor, luchamos contra él, huimos de él, lo agrandamos, le damos energía, lo propagamos y lo mantenemos con vida; o bien tenemos la idea, la imagen, de que somos inadecuados: ¿por qué no podemos ser como Juan, el chico de al lado, que es alto, guapo, siempre dice lo correcto, hace lo que sus padres le piden, siempre va a hacer los recados, y es un chico muy simpático, bueno y obediente? Nos encontramos siempre en una situación en la que de acuerdo al criterio de nuestros padres, – y por tanto de acuerdo a nuestro propio criterio – aparecemos como inadecuados para luchar con la vida que se proponen construir a nuestro alrededor. Creo que todo eso crea las condiciones para el temor, de modo que, en toda situación en que nos vemos envueltos, tenemos ante nosotros esta imagen. Si nos sentimos capaces, si nos sentimos adecuados para la tarea, no sentimos temor, hasta que la tarea se pone un poquitín más difícil, y entonces sí, entonces sentimos temor. Todo esto es el resultado de nuestra experiencia de nosotros mismos en el pasado, de nuestros pensamientos sobre nosotros mismos, sobre nuestras cualidades, nuestras capacidades y nuestra experiencia. ¿En qué forma tratamos esta situación anteriormente? ¿Fue dolorosa, fue agradable? Si fue agradable, tratemos de conservarla. ¿Fue dolorosa? Tratemos entonces de libramos de ella, de escapar de ella. Nuestras vidas, a lo que parece, están enfrascadas en este intento constante por escapar del temor y conservar el placer. Ambos son el resultado de la actividad del pensamiento y de la mente. |
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Maitreya
- el Instructor del Mundo |