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Discipulado y servicio - La Iniciación espiritual

 

Discipulado y práctica (2)


Compromiso

Discipulado significa un compromiso del discípulo con la vida, y esa vida es claramente diferente de la vida del ser humano medio. El está en el mundo, es parte del mundo, está totalmente identificado con el mundo y sirviendo al mundo, y sin embargo, curiosamente, está aislado del mundo. Está en una peculiar posición de aislamiento, en medio del remolino de la vida cotidiana. Y el discípulo siente las cosas de manera más poderosa y más dolorosa que otra gente. Cualquiera puede ver el dolor y el sufrimiento del mundo; los millones que mueren de inanición, la pobreza, los terremotos, las terribles enfermedades que azotan a la humanidad. Todo el mundo se siente conmovido por ello. Pero, con mucha frecuencia, el discípulo lo ve con más claridad que los demás. Y al ser más sensible a ese sufrimiento, por tener conciencia de ser un alma encarnada y estar comprometido a servirlo y a aliviarlo, él/ella lo sienten con más fuerza que la mayoría de la gente.

Entonces, ¿por qué no actúa al respecto? Bien, por supuesto, la gente actúa al respecto. Mucha gente se dedica totalmente al servicio del mundo, a suprimir la agonía del mundo. Pero no suelen ser estudiantes de esoterismo. Suele ser gente a la que no le podría importar menos el esoterismo, gente que no tiene la sensación de ser muy especial, sino que simplemente se ha comprometido en servir. Son discípulos que llevan a cabo las acciones y pasan por el entrenamiento del discipulado a través del servicio, sin ni siquiera pensar en ello.

¿Cuánto más se podría hacer si le dedicarais pensamiento; si os supierais discípulos, e intentarais conscientemente cumplir los requisitos del discipulado? Lo que falta en la vida del discípulo medio es un sentido de vocación – de vocación como discípulo. En cierto sentido, el discipulado es una vocación. Eres llamado a él: no por Dios, sino por tu propia alma. Tu propia alma te convierte en discípulo. Eres un discípulo tan pronto como contactas con tu alma y ésta te impele hacia adelante.

El discípulo medio, sin embargo, simplemente acomoda su vocación a su vida cotidiana. No la contempla como la meta de esta encarnación en particular. Por consiguiente, no genera el fuego que haga del discipulado lo que debería ser: un sendero que le ha de llevar, lo más rápido posible, hasta las puertas de la iniciación.

No puedes atravesar las puertas de la iniciación con tibieza; nunca se ha hecho así. Más tarde o más temprano, esa actitud tibia ha de cambiar. Si no es en esta vida, entonces será en la siguiente o en la otra. El alma no tiene prisa. El alma tiene un tiempo infinito, toda la eternidad. Pero si tú tienes prisa, si sientes la necesidad mundial, puedes estar seguro de que ser un discípulo simplemente cuando te conviene, cuando no dan nada interesante en la televisión, cuando te sientes bien, cuando ya no sufres, o cuando no tienes un trastorno estomacal, no basta. La gente permite que todo tipo de menudencias les impidan ser un discípulo: la fatiga del cuerpo físico (algo que todo el mundo comparte) no es nada especial. Los cuerpos de todos son deficientes de una forma u otra, y todos tienen dolores, enfermedades y sufrimientos de todo tipo. La cuestión está en no dejar que eso te desanime, o te impida llevar a cabo tus acciones.

Dos grandes discípulos de años recientes, conocidos por nosotros (Helena Petrovna Blavatsky, y Alice A. Bailey) estuvieron enfermas una gran parte de sus vidas. Pero nunca permitieron que la enfermedad les impidiera servir al mundo como pocos lo han hecho. Como sabrán, durante 30 años Alice Bailey sirvió de amanuense al Maestro DK. Durante gran parte de ese tiempo estuvo enferma, y se reclinaba en la cama escribiendo, hasta que ya no pudo escribir más, literalmente no podía escribir una sola palabra más. Entonces el Maestro cambió el procedimiento, y ella fue capaz de leer Su enseñanza sobre una especie de pantalla interna, que ella leía en voz alta y dos ayudantes sentados junto a su cama entonces la mecanografiaban. Durante años trabajó bajo esta incapacidad extrema.

Madame Blavatsky estuvo enferma del riñón y de otra media docena de enfermedades durante los 13 últimos años de su vida. Sólo su Maestro, el Maestro Morya, la mantuvo en su cuerpo de manera que pudiera concluir su trabajo: dar al mundo La Doctrina Secreta.

Estas dos iniciadas pusieron en juego la voluntad para realizar su trabajo. Ignoraron el cuerpo físico. Ignoraron sus estados emocionales alterados por las discordias familiares y, muy a menudo, por la calumnia y la traición de aquellos que se hallaban más próximos a ellas. Ignoraron todo eso, y continuaron con su trabajo de ser discípulas: hacer su trabajo para el Plan. Si ellas pudieron hacerlo, otros pueden hacerlo. Desde luego, ser iniciadas de tercer y cuarto grado, respectivamente, les ayudó. No sólo estaban polarizadas mentalmente, sino también espiritualmente. Si estás polarizado espiritualmente, vives y trabajas como alma, y la energía del alma te está impulsando hacia adelante en todo momento, abriendo el camino para ti. Pero la voluntad tiene de todos modos que entrar en juego, especialmente si el cuerpo físico está incapacitado, o el cuerpo emocional perturbado.

Sin embargo, si estás polarizado en el plano astral, como lo está la mayoría de la gente, te encuentras sujeto a todas las limitaciones e ilusiones de ese plano. ¿Qué puedes hacer al respecto? Debes poner en juego la mente. Es la luz del alma enfocada a través del cuerpo mental, a través de la mente, la que disipa el espejismo. Debes examinar los espejismos, no contentarte con ellos, sino trabajar continuamente para superarlos, en vez de decir, "Me temo que soy así, ¿qué puedo hacer salvo vivir con miedo?"

No tienes porqué vivir con miedo. Nadie tiene que vivir con miedo. El temor es un espejismo como cualquier otro espejismo, el peor que hay, pues subyace, creo yo, a la mayoría de los otros espejismos. Debe ser superado por cualquiera que tenga esperanzas de presentarse ante el Iniciador.

No puedes recibir la iniciación, convertirte en iniciado, mientras vivas con miedo. Nunca podrás convertirte en un Maestro mientras no tengas, no ya coraje, sino una ausencia total de temor. Necesitas coraje para abordar el temor, y para manifestar en tu vida esas miras de futuro, ese ímpetu de avance, y ese esfuerzo que son propios de un verdadero discípulo.

Déjenme citar unas pocas declaraciones del Maestro DK a través de Alice Bailey, a fin de mostrarles cómo han contemplado siempre los Maestros este asunto: 

"Cuando el Ser es conocido y no simplemente sentido, y cuando la realización es mental además de sensoria, entonces puede el aspirante estar verdaderamente preparado para la iniciación. Me gustaría apuntar que fundamento mis palabras en ciertas suposiciones básicas que, en aras de la claridad, quisiera establecer brevemente. En primer lugar, que el estudiante es sincero en su aspiración y está determinado a proseguir, cualquiera que sea la reacción sobre y de su yo inferior. Sólo quienes pueden diferenciar claramente entre los dos aspectos de su naturaleza, el yo real y el yo ilusorio, pueden trabajar inteligentemente. En segundo lugar, actúo de acuerdo a la suposición de que todos han vivido lo suficiente y batallado lo suficiente con las fuerzas obstaculizadoras de la vida, como para haberles permitido desarrollar un acertado sentido de los valores. Que no les puede retener ningún suceso relativo a la personalidad, o la presión del tiempo y de las circunstancias, la edad o las incapacidades físicas. Que han aprendido sabiamente que la precipitación entusiasta y un progreso enérgico y violento tiene sus desventajas, y que un esfuerzo firme, regular y persistente les conducirá más lejos a la larga. Los brotes espasmódicos de esfuerzo y la presión temporal se agotan como desilusión y como una pesada sensación de fracaso. No obstante, la intención y el esfuerzo son considerados por nosotros (los Maestros) como de primera importancia, y como los dos principales requisitos para todos los discípulos, iniciados y Maestros. Añádase a eso el poder de la persistencia. Todo el secreto del éxito a la hora de hollar el sendero oculto depende de la actitud mental. Cuando la actitud es la de un materialismo concreto, la de una concentración en la forma y un deseo por las cosas del momento presente, poco progreso se puede realizar a la hora de aprehender las verdades esotéricas superiores. En el momento en que un hombre se vuelve poderosamente consciente en el plano mental, su poder para el bien se multiplica cien veces. La mayoría de los hombres no distinguen aún con precisión entre ellos mismos como el pensador, persistente en tiempo y en espacio, y el vehículo a través del cual piensan, que es efímero y transitorio. Una de las primeras lecciones que debe aprender un discípulo es que allí donde es más fuerte y donde halla su mayor satisfacción, es muy frecuentemente el punto de mayor peligro y debilidad".

Todo el mundo quiere una enseñanza superior. Todo el mundo quiere algo que nunca hayan leído u oído anteriormente – tanto si han puesto en práctica lo que ya saben, como si no. La gente es codiciosa en su curiosidad. Quieren más sensaciones, la sensación de lo nuevo. Pero la sensación de lo nuevo nunca te conducirá a las puertas de la iniciación – sólo la aplicación de ciertas leyes: la ley del servicio, la ley del sacrificio, la construcción del antahkarana, la eliminación de toda percepción de que los cuerpos físico, emocional o mental son de alguna consecuencia para el alma, excepto como vehículos de expresión. Una vez comprendido esto, te relacionará con el sendero del discipulado, y te conducirá a las puertas de la iniciación más directamente que ninguna otra cosa. No es cuestión de recibir más enseñanza, aunque todo el mundo quiera más enseñanza, más técnicas, más herramientas. Tienen todas las técnicas, todas las herramientas, toda la enseñanza, tienen más que de sobra, más de la que podrían usar nunca, o de la que usan. La mayoría no pone en práctica la enseñanza ya dada.

No hay enseñanza más elevada que la que realmente podemos poner en práctica. Si no puede ser puesta en práctica, no importa que sea tan elevada que sólo pueda ser entendida por iniciados de octavo grado. No significa nada para ti, a menos que la puedas poner en práctica.

Usa la enseñanza que ya se ha dado. Ponla en práctica, y avanzarás más rápidamente que tus más grandes expectativas. Si haces esto, si pones de este modo en práctica la enseñanza, se vuelve algo de tu propiedad, ya no es una enseñanza abstracta, una enseñanza académica. Se hace tuya. Devienes el sendero. El sendero se abre ante ti a medida que practicas los requisitos del discipulado. El sendero no está ahí, o en ese libro, o en aquella técnica – es algo que se despliega desde tu conciencia. El sendero es algo único de cada persona.

Por supuesto, hay ciertos requisitos básicos y fundamentales que nunca cambian, que son de la naturaleza de la deidad misma. Recuerden que el sendero del discipulado que conduce a la iniciación, y el sendero de iniciación que conduce a la Maestría, es el sendero hacia Dios. Es el sendero de desenvolvimiento de nuestra propia divinidad. Es de eso de lo que se trata, y no deberíamos olvidarlo nunca.

La mayoría de la gente suele olvidarlo. Se vuelve algo que es periférico a sus vidas, que es como decir que mi naturaleza misma es periférica a mi vida; y mi vida periférica a mí. Pero yo soy mi vida. Si no soy mi vida, no soy nada. ¿Cómo pueden tu propia vida y el impulso hacia la manifestación de esa divinidad, ser periféricas a tu vida cotidiana?

Has de convertirlo en tu vocación. Si quieres convertirte en discípulo, debes arder de entusiasmo. Has de moverte en un estado de alegría, de compromiso, de la elevada expectación de estar siguiendo un sendero que te conducirá a la iniciación. De otro modo tu acción será tan tibia que necesitarás 50 encarnaciones para alcanzar lo que podrías lograr en ésta.

(Revista Share International − Enero/Febrero 1991)
 

 

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