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La huella ecológica de comer carne

Por Nicolás Sánchez


Existe un nexo poderoso entre el hambre y la desnutrición humana en el planeta y la alimentación excesivamente carnívora de las poblaciones ricas; y entre esta última y el deterioro ecológico galopante.


Toda acción que realizamos tiene o deja una huella ecológica. El comer carne no es la excepción. Hoy en día, es cuantificable el impacto sobre el medio ambiente que significa agregar una hamburguesa a nuestro sándwich, por ejemplo. El “producir carne” de vacuno a nivel industrial (ganadería intensiva) involucra satisfacer las demandas de comida y bebida de esas miles de vacas, además de sus necesidades fisiológicas y de salud. Vamos por parte.

Hay que partir de la base de que las proteínas que consumen los animales son proteínas que nosotros podríamos consumir directamente. Hoy, más del 40% de los cereales del mundo y más del 30% de las capturas pesqueras son utilizados para alimentar ganado. Para obtener un kilo de proteína de origen animal, debemos usar entre 3 y 20 kg de proteína de origen vegetal (según las especies y los métodos de cría intensiva utilizados), dándose absurdos de que para poner x cantidad de calorías sobre la mesa, se deben consumir 4x o más de calorías en su proceso.

Granos para el ganado

En 1990, en Estados Unidos,  el ganado consumía el 70% del grano producido ahí, en la Unión Europea el 57% y en Brasil el 55%, promediando un 50% a nivel global de la producción de grano destinada a forraje. El dato se vuelve además socialmente insostenible si pensamos que la quinta parte de la población humana no tiene alimentación suficiente. El Consejo para la Alimentación Mundial de las Naciones Unidas calculó que bastaría dedicar entre el 10% y el 15% del grano que actualmente se destina para alimentar ganado, para satisfacer las necesidades calóricas de esa quinta parte, erradicando el hambre del mundo.

Como ven, hay un tema de eficiencia energética -clave en estos días- y no sólo relacionado con la generación de electricidad. Por ejemplo, una misma cantidad de metros cuadrados de tierra puede producir 26 veces más proteínas si en ella se realizan cultivos vegetales para consumo humano en reemplazo de alimento para ganado. Hoy en día, en el Hemisferio Norte, sólo el 30% de los cereales se consume directamente, el 70% restante se utiliza para alimentar animales, mientras que en el Hemisferio Sur el porcentaje de consumo directo sube a 85%. La deforestación del Amazonas está en estrecha relación con la necesidad de terrenos cultivables para sostener la demanda mundial de soya para forraje. Si fuésemos eficientes en mantener una proporción inteligente de superficie de cultivo vs proteínas generadas, muchos bosques aún existirían.

Otra consecuencia no menor de la cría intensiva de ganado son sus emisiones de gases de efecto invernadero. El 6% del CO2 generado a nivel global es producto de los gases o ventosidades emitidos por las vacas, y eso sin contar sus flatulencias y excrementos. En niveles de emisión de gases de efecto invernadero, ¡la población ganadera contamina más que todo el sector transporte! según un estudio de la FAO. Además, es responsable del 37% de todo el metano producido, gas que es 23 veces más perjudicial que el CO2 y que se origina en su mayor parte en el sistema digestivo de los rumiantes.

¿Y Qué hay de la huella hídrica?

¡Para producir un kilo de bistec, se requieren 15.500 litros de agua! En el cálculo, se estima que la mayoría del agua se utiliza en la producción del grano y los pastos que servirán para alimentar la res y el resto para consumo directo del animal a lo largo de sus tres años de vida en promedio, que terminarán en unos 200 kg de carne sin hueso.

Lo importante es dimensionar con esta pequeñísima muestra lo contaminante que es nuestra cultura carnívora, sobre todo considerando que no he abordado en profundidad temas como la erosión del suelo por la difusión de plaguicidas y fertilizantes que derivan de la ganadería intensiva, que las vacas europeas se alimentan con harina de pescado de Perú o Soya de Brasil, para luego volver al tercer mundo en forma de productos derivados, etc., etc., etc.

En conclusión, una dieta sustentable debiera reducir drásticamente el consumo de carnes (y no consumir nada de la ganadería intensiva), buscando mantenerse lo más abajo posible en la cadena trófica, comiendo verde, rozando la tierra.


Revista Mundo Nuevo, 29 Diciembre 2009

 

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