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Archivos -
Actual crisis mundial
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20 años después del Muro la historia continúa
Mijaíl Gorbachov
Veinte
años han pasado desde la caída del Muro de Berlín, uno de los símbolos
vergonzosos de la guerra fría y de la peligrosa división del mundo en
bloques y en esferas de influencia enfrentadas. El periodo actual nos
permite observar aquellos acontecimientos y formarnos una opinión menos
emocional y más racional.
La primera observación optimista es que el anunciado fin de la Historia
no se ha producido en absoluto. Pero tampoco ha llegado lo que los
políticos de mi generación confiaban sinceramente que ocurriría: un
mundo en el cual, con el fin de la guerra fría, la humanidad podría
finalmente olvidar la aberración de la carrera armamentista, de los
conflictos regionales y de las estériles disputas ideológicas y entrar
en una suerte de siglo dorado de seguridad colectiva, uso racional de
los recursos, fin de la pobreza y la desigualdad y restauración de la
armonía con la naturaleza.
Otra consecuencia es la interdependencia de importantes aspectos que
tienen que ver con el sentido de la existencia de la humanidad. Esta
interdependencia no se da sólo entre los procesos y hechos que ocurren
en los diferentes continentes, sino también en el vínculo entre los
cambios en las condiciones económicas, tecnológicas, sociales,
demográficas y culturales de miles de millones de personas. La
humanidad ha comenzado a transformarse en una civilización única.
Al mismo tiempo, la desaparición del llamado telón de acero y de las
fronteras ha yuxtapuesto no solamente a aquellos países que hasta hace
poco representaban diferentes sistemas políticos, sino también a
civilizaciones, culturas y tradiciones.
Los políticos del siglo pasado podemos estar orgullosos de haber
evitado el peligro de una guerra termonuclear. Sin embargo, para
millones de personas el mundo no se ha convertido en un lugar más
seguro que antes. Innumerables conflictos locales y guerras étnicas y
religiosas han aparecido en el nuevo mapa de la política mundial. Una
prueba evidente del comportamiento irracional de la nueva generación de
políticos es el hecho de que los presupuestos de defensa de muchos
países, grandes o pequeños, son ahora mayores que durante la guerra
fría, así como que los métodos represivos son una vez más el medio
general para resolver conflictos y un aspecto común y corriente de las
actuales relaciones internacionales.
Desafortunadamente, a lo largo de las dos últimas décadas el mundo no
se ha vuelto un lugar más justo: las disparidades entre la pobreza y la
riqueza incluso se incrementaron, no sólo en los países en desarrollo,
sino también dentro de las propias naciones desarrolladas. Los
problemas sociales de Rusia, como en otros países poscomunistas, son
una prueba de que el simple abandono de un modelo defectuoso de
economía centralizada y de planificación burocrática no es suficiente
para garantizar tanto la competitividad del país en una economía
globalizada, como el respeto por los principios de la justicia social.
Deben añadirse nuevos desafíos. Uno es el terrorismo, convertido en la
"bomba atómica de los pobres", no sólo en sentido figurado sino en
sentido literal. La incontrolada proliferación de las armas de
destrucción masiva, la competencia entre los antiguos adversarios de la
guerra fría para alcanzar nuevos niveles tecnológicos en la producción
de armas, y la emergencia de nuevos pretendientes a desempeñar un papel
protagonista en un mundo multipolar, incrementan la sensación de caos
que está afligiendo a la política global.
El verdadero logro que podemos celebrar es el hecho de que el siglo XX
marcó el fin de las ideologías totalitarias, en particular las
inspiradas en creencias utópicas. Pero pronto resultó evidente que
también el capitalismo occidental, privado de su viejo adversario
histórico e imaginándose a sí mismo como el indiscutible ganador
histórico y la encarnación del progreso global, puede conducir a la
sociedad occidental y al resto del mundo a un nuevo y ominoso callejón
sin salida.
En este marco, la irrupción de la actual crisis económica ha revelado
los defectos orgánicos del presente modelo occidental de desarrollo
impuesto al resto del mundo como el único posible. Asimismo, demuestra
que no solamente el socialismo burocrático sino también el capitalismo
ultraliberal tiene la necesidad de una profunda reforma democrática y
de la adquisición de un rostro humano, una suerte de perestroika propia.
Hoy en día, mientras dejamos a las espaldas las ruinas del viejo orden,
podemos pensar en nosotros mismos como activos participantes en el
proceso de creación de un mundo nuevo. Muchas verdades y postulados
considerados indiscutibles (tanto en el Este como en el Oeste) han
dejado de serlo. Entre ellos estaban la fe ciega en el todopoderoso
mercado y, sobre todo, en su naturaleza democrática. Había una
arraigada creencia de que el modelo occidental de democracia puede ser
difundido mecánicamente a otras sociedades cuyas experiencias
históricas y tradiciones culturales son diferentes. En la situación
presente, incluso un concepto como el del progreso social, que parece
ser compartido por todos, necesita una información más precisa y una
redefinición.
Fuente: EL PAÍS, - 05/11/2009, España.
____________
* Mijaíl Gorbachov,
líder de la Unión Soviética en el periodo 1985/1991, es Premio Nobel de
la Paz 1990 y presidente del World Political Forum (WPF). © IPS.
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