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Cultura de paz: Ha llegado el momento Federico Mayor Zaragoza Desde siempre han predominado la fuerza y la
imposición, la violencia y la confrontación bélica, hasta el punto de
que la historia parece reducirse a una sucesión inacabable de batallas
y conflictos en los que la paz es una pausa, el intermedio. Y así un
siglo y otro siglo, con fugaces intentos de emancipación. Educada para el ejercicio de la fuerza,
acostumbrada a acatar la ley del más poderoso, más entrenada en el uso
del músculo que de la mente, la humanidad se ha visto arrastrada a las
más sangrientas confrontaciones. En lugar de fraternidad, enemistad. El
prójimo, próximo o distante, no ha aparecido como hermano con quien
compartimos un destino común, sino como el adversario, como el enemigo
al que debemos aniquilar. Y así, una cadena interminable de
enfrentamientos, de ataques y represalias, de vencedores y vencidos, de
rencores y animadversión, de violencia física y espiritual, jalonan
nuestro pasado. Hay, por fortuna, una historia paralela
invisible, cuyos eslabones han sido forjados día a día por el
desprendimiento, la generosidad, la creatividad que son distintivas de
la especie humana. Es una densa urdimbre, incomparable, e
intransitoria, porque está hecha con el esfuerzo de muchas vidas,
tenazmente dedicadas a construir, como quehacer cotidiano principal,
los baluartes de la paz. "No hay caminos para la paz; la paz es el
camino", nos recordó el Mahatma Ghandi. Un camino guiado por principios
y valores. Por la justicia en primer lugar. La paz es, a la vez,
condición y resultado, semilla y fruto. Es necesario identificar las
causas de los conflictos para poder prevenirlos. Evitar es la mayor
victoria. La
UNESCO, organización del Sistema de las
Naciones Unidas a la que se encomienda explícitamente la tarea de
construir la paz mediante la educación, la ciencia, la cultura y la
comunicación, recuerda en el preámbulo de su Constitución que son los
"principios democráticos" de la justicia, libertad, igualdad y
solidaridad los que deben iluminar esta gran transición desde una
cultura de violencia y guerra a una cultura de diálogo y conciliación.
Fue desde la UNESCO donde se inició el gran programa, en la década de
los noventa Hacia una cultura de paz. La Declaración y Programa de Acción sobre una
Cultura de Paz, aprobada en el mes de septiembre de 1999, establece que
la cultura de paz es un conjunto de valores, actitudes y
comportamientos que reflejan el respeto a la vida, al ser humano y a su
dignidad. En el Plan de Acción se contienen las medidas de índole
educativa, de género, de desarrollo, de libertad de expresión… que
deben ponerse en práctica para la gran transición de la fuerza a la palabra:
fomentar la educación para la paz, los derechos humanos y la
democracia, la tolerancia y la comprensión mutua nacional e
internacional; luchar contra toda forma de discriminación; promover los
principios y las prácticas democráticas en todos los ámbitos de la
sociedad, combatir la pobreza y lograr un desarrollo endógeno y
sostenible que beneficie a todos y que proporcione a cada persona un
marco de vida digno; y movilizar a la sociedad con el fin de forjar en
los jóvenes el deseo ferviente de buscar nuevas formas de convivencia
basadas en la conciliación, la generosidad y la tolerancia, así como el
rechazo a toda forma de opresión y violencia, la justa distribución de
la riqueza, el libre flujo informativo y los conocimientos compartidos. En el Manifiesto 2000 -Año Internacional para
una Cultura de Paz- suscrito por más de 110 millones de personas de
todo el mundo, se establece "el compromiso, en mi vida cotidiana, en mi
familia, en mi trabajo, en mi comunidad, en mi país, en mi región a:
respetar todas las vidas; rechazar la violencia; liberar mi
generosidad; escuchar para comprenderse; preservar el planeta; y
reinventar la solidaridad". De esto se trata, de involucrarnos, de
implicarnos personalmente en este proceso que puede conducir, en pocos
años, a esclarecer los horizontes hoy tan sombríos y permitir la
convivencia pacífica de todos los habitantes de la tierra. Son ya muchos los países, regiones, municipios
que han incorporado la cultura de paz a sus Constituciones o Estatutos.
Es muy importante que esta inclusión se vaya generalizando, pero es más
importante todavía la conciencia popular de que ha llegado el momento
de no aceptar más la imposición y la obediencia ciega al poder, porque los ciudadanos están dejando de ser súbditos,
están dejando de ser espectadores para ser actores, están abandonando
el silencio y el miedo para dejar de ser vasallos y convertirse en
agentes de paz. Hoy, la participación no presencial -a través
de la telefonía móvil por el SMS, o por internet…- permite ya un cambio
radical en lo que constituye el fundamento de toda democracia, la
consulta popular. En estos diez años se han llevado a cabo
muchas cosas. Pero la inercia de los intereses creados, la resistencia
de los más prósperos a compartir mejor, se oponen al advenimiento de la
cultura de la paz, de la palabra, de la alianza, de la comprensión. Pero pronto cederán. Ha llegado el momento.
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Maitreya - el
Instructor del Mundo |