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Se necesitan líderes globales Cristovam Buarque Ante la gravedad de la crisis planetaria,
nosotros, los ciudadanos del mundo global, no podemos aceptar que
nuestros líderes se reúnan en Copenhague para adoptar cada cual por su
cuenta un mero papel de defensor aislado de su nación, luchando por la
menor tasa de polución para proteger la mayor tasa posible de
crecimiento económico, pensando en sus electores, en las próximas
elecciones. Tratar el problema ambiental simplemente como una cuestión
de deforestación y de emisión de gases supone minusvalorar la amplitud
del problema, que tiene que ver con el propio concepto de crecimiento y
desarrollo que ha prevalecido en los últimos dos siglos, y
especialmente en las últimas décadas. En Copenhague, cada dirigente nacional debe convencerse de que es de facto
uno de los líderes de toda la humanidad y debe afrontar las causas de
los problemas globales. Si por un lado sabemos que el calentamiento
global está provocado por el efecto invernadero derivado de las
emisiones de gases, sabemos también que esas emisiones son consecuencia
de la demanda de productos industriales fabricados en cantidades
superiores a los límites ecológicos. La crisis ha sido causada por la
voracidad de consumo y de lucro. Hasta la caída del Muro de Berlín, hace 20
años, los líderes nacionales eran líderes mundiales en defensa de sus
propuestas - capitalistas, socialistas, demócratas, libertadoras,
desarrollistas... -. La caída del Muro sustituyó los debates mundiales
por las acciones nacionales. Al mismo tiempo que se construía la
globalización en la vida económica y social, la política se giraba
hacia el interior de cada país, hacia su propio pueblo, hacia sus
electores, sus elecciones. La civilización se volvió mayor y más
integrada, mientrasque sus líderes se empequeñecían. Los problemas actuales exigen un cambio de
postura. Cada dirigente nacional ha de ser otra vez un líder mundial
que al hablar no se dirija simplemente a sus compatriotas electores,
sino a los seres humanos en general, en busca de alternativas para el
futuro de la civilización; que presente propuestas que vayan más allá
de sus fronteras y de nuestro tiempo. No se trata ya de escoger entre
socialismo o capitalismo, ni de derribar el muro que separaba países e
ideologías, sino de construir un mundo sin muros, ni entre clases
sociales, ni entre generaciones. Es necesario un esfuerzo para cambiar la
matriz energética, pasando de la opción de los combustibles fósiles a
un modelo basado en las energías sostenibles, a base de buena voluntad,
cooperación y uso de los recursos internacionales, incentivando la
investigación en la búsqueda de fuentes verdes de energía
- hidroeléctricas, preferentemente en pequeñas centrales, etanol,
energía eólica y otras -. Un Centro Internacional para la Búsqueda de
Nuevas Energías puede canalizar las sinergias de las investigaciones
globales hacia un mundo global sostenible. Pero no basta con cambiar la matriz energética
si mantenemos el mismo patrón de producción y de consumo en el sector
industrial. Durante la II Guerra Mundial, los países realizaron una
reconversión de sus industrias de bienes de consumo en fábricas de
material bélico. Algo así podría volver a hacerse sin necesidad de
fabricar armas, produciendo bienes de carácter público, servicios
culturales, usando energía y recursos renovables. El Banco Mundial
podría incentivar y financiar esta reorientación. Asimismo, durante la II Guerra Mundial, la
movilización militar fue un instrumento para garantizar el empleo. La
creación de empleo podría hacerse en un periodo de paz, no para la
movilización de los soldados, sino para producir impactos sociales y
ecológicos, en la cadena productiva de biocombustibles, desde su
plantación hasta su distribución, en la reforestación, en el desarrollo
de una actividad agropecuaria sostenible, en el reciclaje de residuos,
en la recolección y tratamiento de las aguas residuales, en la
contratación de profesores, médicos, investigadores. El Banco Mundial,
la Unesco, la OIT podrían servir de base para incentivar y promover
estas actividades. Los gobiernos han de asumir una función
reguladora, al objeto de no permitir que el avance de los
biocombustibles se produzca en detrimento de la producción agrícola, ni
que la producción y el consumo alcancen niveles que supongan la
degradación del medio ambiente. Al mismo tiempo, debe reglamentarse
mediante medidas fiscales el apoyo a la producción y el consumo de
bienes compatibles con los bienes sostenibles y desincentivarse el
consumo y producción de bienes depredadores. El sistema tributario debe teñirse de "verde",
cambiando la tradición de los impuestos sobre el capital y el trabajo
por impuestos proporcionales, directa o indirectamente, al nivel de
degradación ambiental que la producción provoca, la duración del ciclo
de vida de los productos, el tipo de materias primas utilizadas, los
niveles de emisión de CO2, el consumo de energía, la ocupación del
suelo. Los Estados necesitan redefinir el papel de
los órganos protectores del medio ambiente. Hoy, los ministerios de
Medio Ambiente son meros apéndices, considerados como estorbos para el
desarrollo económico y no como árbitros del tipo de progreso que
deseamos. Es preciso transformarlos de fiscales impotentes de los demás
ministerios en una asesoría directa de los Gobiernos: la sostenibilidad
ha de pasar a ser el eje central de las decisiones de todos los órganos
de gobierno y de desarrollo. La ciencia y la tecnología actuales han de ser sometidas a los valores
éticos y ser compartidas por todos los seres humanos, los de hoy y los
del futuro. Los conocimientos, especialmente en los sectores de
educación, salud, sustitución de materiales, energía, alimentación,
deben ser distribuidos de forma universal. Las patentes han de ser
respetadas como principal forma de incentivo para la creatividad en los
laboratorios, pero un Fondo Mundial financiaría la compra de los
servicios de conocimiento para que puedan ser puestos a disposición de
todos. La Unesco puede auxiliar en la reflexión que conduzca a esta
clase de actuaciones. Los órganos de Naciones Unidas que se ocupan
de las cuentas, al igual que la OCDE, deben tomar en consideración
nuevas formas de medir los resultados del desarrollo. Los esfuerzos de
cada país no deben estar centrados en el crecimiento de la producción.
Los datos nacionales deben incluir las pérdidas ambientales y los
costes sociales, a medio y a largo plazo. Los resultados positivos no
deberían limitarse a cuanto aparece en el mercado en forma material de
aumento de la producción económica, sino también en forma inmaterial de
bienes públicos, como educación, cultura y salud. De gran importancia resultaría un programa
mundial para la educación de todos. Después de la II Guerra Mundial, el
mundo dio un gran salto hacia el crecimiento económico. Es hora de un
nuevo Plan Marshall, global y social esta vez, para promover
especialmente la educación en el mundo entero. Copenhague puede ser el Bretton Woods del
siglo XXI, no ya simplemente de carácter financiero y económico, sino
también social y ecológico, que alumbre incluso una visión alternativa
del propio concepto de progreso global, dando un gran paso para la
creación de una manera distinta de concebir el desarrollo y diseñar el
futuro. Si esto ocurriera, el nombre de Marshall sería sustituido por
el de alguno o algunos de los nuevos líderes globales, aquellos que
sean capaces del radicalismo lúcido que el mundo de hoy exige.
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Maitreya - el
Instructor del Mundo |