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Se mueren de hambre EL PAIS - Editorial, 31 de julio de 2005 En algunos lugares de Níger las organizaciones humanitarias están colocando pulseras rojas a los niños en peligro inminente de muerte por hambre, y amarillas a los menos gravemente mal nutridos. Una vez más, pese a haber sido largamente anunciada y a los llamamientos de la ONU desde finales del año pasado, la hambruna amenaza con diezmar un país africano. Más de uno, porque los efectos combinados de una sequía bíblica y una invasión de langosta, que han arruinado las cosechas y disparado en los almacenes vacíos los precios del grano, han colocado a varios millones de personas en una situación crítica en la vasta región del Sahel.
Las hambrunas africanas se han convertido en ingrediente informativo habitual en los países desarrollados. Salvo excepciones relacionadas con guerras o plagas imprevistas, suelen cebarse en las mismas regiones a intervalos generalmente predecibles en función de las condiciones climáticas. De ésta de África occidental, ahora en su apogeo, habían advertido desde hace meses, y repetidamente, la FAO, el Programa Mundial de Alimentos de la ONU y otras agencias humanitarias. Pese a ello, el socorro alimenticio sólo ha comenzado a adquirir ciertas proporciones en la última semana, cuando ya es tarde para muchos. La respuesta a esta crisis de enormes proporciones, ni es lógica ni decente. Es un sarcasmo que África, los países más miserables de África, sean los destinatarios sistemáticos de las grandilocuentes promesas de los poderosos, las últimas, este mismo mes en la reunión escocesa del G-8. Bastaría por parte de los países ricos un mínimo de previsión y suficiente agilidad administrativa para que pudieran paliarse una buena parte de sus efectos. Pero sobre todo urge que la ONU se dote de una vez de un fondo permanente para emergencias humanitarias, como el solicitado por Kofi Annan. Sería un instrumento más eficaz y racional que la caridad de última hora a la que nos hemos acostumbrado. |
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Maitreya
- el Instructor del Mundo |